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	<title>#CuentosCortos</title>
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	<description>Claudio Cuscuela te propone aislarte por unos minutos de la realidad y dejarte llevar por las más variadas historias y cuentos de ficción</description>
	<lastBuildDate>Mon, 17 Mar 2014 12:56:02 +0000</lastBuildDate>
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		<title>La estrella más cercana</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Mar 2014 03:04:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Para Lucía, la estrella que inspiró este cuento&#8230; Victoria estiró el brazo hasta la ventana que bordeaba la cama y alargó uno de sus pequeños dedos intentando tocar el vidrio que la separaba del cielo estrellado. Al ver que no llegaba, despegó levemente su cuerpo del colchón y tomando un poco más de impulso logró... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2014/03/17/la-estrella-mas-cercana/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><em>Para Lucía, la estrella que inspiró este cuento&#8230;</em></div>
<div></div>
<div></div>
<div>Victoria estiró el brazo hasta la ventana que bordeaba la cama y alargó uno de sus pequeños dedos intentando tocar el vidrio que la separaba del cielo estrellado. Al ver que no llegaba, despegó levemente su cuerpo del colchón y tomando un poco más de impulso logró grabar la yema de su índice derecho sobre el punto más brillante que se sostenía a fuerza de latidos de luz en la superficie del firmamento.</div>
<div><span id="more-90"></span></div>
<div>Luego de varios segundos de observar la huella que había dejado sobre el cristal, cerró los ojos y se imaginó viajando por el espacio, sacando la mano por la ventanilla de una especie de taxi interestelar y guardando en su bolso de terciopelo azul la estrella más cercana.</div>
<div>Tras ese instante de aventura, regresó a la oscuridad de su habitación, únicamente resquebrajada por los haces plateados que llovían sobre las sábanas de seda que la protegían del crudo invierno.</div>
<div>Todas las noches, en un pacto que ella sola había logrado con el tiempo, su corazón de niña podía por un momento inundarse de una extraña magia. Y en ese momento, nada podía hacerle daño. Era su mundo y allí sólo existían sus propias reglas.</div>
<div>Con el correr de los años, Victoria fue dándose cuenta que cada vez le costaba más escaparse a ese sitio donde sus sueños parecían volverse realidad. Es más, comenzó a creer que esos sueños no valían la pena, que eran meras ilusiones de una nena y que debía abandonar esas cuestiones sin sentido.</div>
<div>La vorágine de la rutina y las obligaciones la hicieron olvidar por completo todo aquello que alguna vez la había hecho feliz. Sin embargo, de tanto en tanto, le sorprendía notar que se quedaba perpleja, en silencio, mirando con embelesamiento lo que ocurría del otro lado de la ventana del colectivo, o del taxi, o de cualquier bar que tuviera un rectángulo de vidrio con vista a la calle o a un parque.</div>
<div>Una noche de Agosto, mientras se tomaba un café a la vuelta de la facultad y repasaba los apuntes para un examen que debía rendir al día siguiente, vio que en la mesa de enfrente, un chico que tendría tal vez algunos años más que ella, depositaba su índice sobre la ventana, y luego de sacarlo se quedaba ensimismado, con una sonrisa naciendo en la comisura de los labios, esperando que la huella de su dedo desapareciera del cristal para luego volver a apoyarlo y así un número incontable de veces.</div>
<div>Por un momento le pareció una estupidez, un ritual ridículo de un desconocido.</div>
<div>Pero luego volvió a mirarlo, y en el reflejo de su mirada pudo ver a la Victoria de hacía muchos años atrás, la Victoria que todavía se atrevía a soñar incansablemente.</div>
<div>Fue ahí cuando el chico se detuvo en su repetida acción y clavó sus ojos marrones en los verdes centelleantes que tenía ella. Y ambos entendieron. Tomaron conciencia de que era el primer minuto del resto de sus vidas.</div>
<div>Todo lo que vino después fue parte de un nuevo espacio, un nuevo lugar que ambos crearon para ellos mismos.</div>
<div>Y ese mundo paralelo que los abrigó durante muchísimos años les permitió hacer más llevadera la existencia en lo que a los dos les gustaba llamar como &#8220;el afuera&#8221;. Sabían con claridad que no podían huir del dolor, de la tristeza y de todas las heridas que carcomen el alma sin pedir permiso. Aún así, se aferraron al amor que los unía y pelearon y ganaron la batalla.</div>
<div>Se amaron en noches de Luna llena, en días de amaneceres cegadores, en tardes de lluvia interminable. Se besaron, se abrazaron, se escucharon, se gritaron, se quitaron la palabra, se torcieron la mirada, se volvieron a mirar, se volvieron a besar y se amaron una vez, dos veces, mil veces, porque eso era parte de vivir, ella y él, él y ella, siendo dos en uno, para luego ser tres en uno cuando un par de ojos se abrió de par en par y vieron que eran los ojos de Victoria en un rostro resplandeciente y él amó a su mujer por regalarle sus pupilas cálidas a la hija que tanto esperaron.</div>
<div>Las horas volaron, protagonistas de una carrera desenfrenada y se tomaron el atrevimiento de encanecerles el cabello, de arrugarles la piel y de ir haciendo que sus pasos fueran cada vez más lentos, pero como les gustaba decir, &#8220;no es que sean lentos, es que son más meditados&#8221;.</div>
<div>Una de las últimas noches, o quizás la última, Victoria se acostó en la cama que daba al jardín y esperó que su marido volviera de tomar el vaso de agua que siempre bebía antes de dormir. Cuando él llegó y se metió con esfuerzo debajo de las sábanas de seda, ella le tomó la mano con ternura y le señaló la ventana.</div>
<div>El cielo nunca había estado gobernado por tantas estrellas.</div>
<div>Victoria se levantó lentamente y estiró el dedo índice para alcanzar la más cercana.</div>
<div>La yema quedó impresa sobre el cristal pero extrañamente no se borró segundos después.</div>
<div>Él hizo lo mismo con la estrella que estaba pegadita a la huella de su mujer.</div>
<div>Ambos cerraron los ojos y se vieron en esa misma cama donde descansaban, con las manos entrelazadas, que estallaban de luz, como dos estrellas inmensas iluminándoles el rostro.</div>
<div>Ella sonrió y se fue con él, que también sonreía, a viajar juntos en alguna especie de taxi interestelar.</div>
<div></div>
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		<title>La puerta</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/10/11/la-puerta/</link>
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		<pubDate>Fri, 11 Oct 2013 03:58:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Quedan unos cuantos pasos todavía. La seguridad al caminar es importante, por lo menos eso escuché muchas veces, o leí en algún lado, la verdad es que no me acuerdo. Pero sí, definitivamente es crucial mantenerse erguido los metros que restan hacia la puerta. Y hacer fuerza con las manos para que no se muevan demasiado, no... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/10/11/la-puerta/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Quedan unos cuantos pasos todavía. La seguridad al caminar es importante, por lo menos eso escuché muchas veces, o leí en algún lado, la verdad es que no me acuerdo. Pero sí, definitivamente es crucial mantenerse erguido los metros que restan hacia la puerta. Y hacer fuerza con las manos para que no se muevan demasiado, no sea cosa que alguien note que tiemblo como si fuera un nene. El bullicio probablemente esté distrayendo a aquellos que ponen la mirada sobre mí y si tengo suerte les hará olvidar aunque sea por unos segundos de mi sostenida travesía entre la multitud.</div>
<div><span id="more-86"></span></div>
<div>No puedo creer que sea tan difícil seguir moviéndose hacia adelante. Tan sólo tengo que concentrarme en cumplir con mi objetivo, un pie ganándole en la carrera al otro, así una y otra vez, sin detener la marcha, esperando que la distancia se acorte rápidamente y después sí, respirar aliviado y refrescarme con la certera tranquilidad de que ya está, ya pasó lo peor.</div>
<div>Las palabras protocolares ya fueron dichas, los silencios incómodos se hicieron humo y las miradas que atan, ya soltaron sus cabos y ahora es tiempo de no vacilar.</div>
<div>Alrededor el mundo se sigue moviendo de la misma forma que siempre y es ahí cuando entiendo que hay muchas otras caminatas casi programadas igual que la mía. El tipo que me antecede por alguna extraña razón no deja de silbar y parece que esquiva a las demás personas con una especie de sexto sentido porque cada dos por tres cierra los ojos sin chocarse con nadie.</div>
<div>La mujer de cabello rizado que aceleró a mi costado derecho, chequea el reloj hasta el hartazgo mientras sigue su recorrido frenético. Habla sola o al menos me parece que lo hace, porque sus labios danzan incesantemente y parece asentir con la cabeza a esas frases que no llego a oír.</div>
<div>El pibe que se sentó en una de las filas y al que acabo de bordear, toca impacientemente los acordes de una vieja canción que canté mil veces pero que nunca supe el nombre. Mira la guitarra concentrado, pero no tiene los ojos en las cuerdas, están en el suelo, como si estuviera traspasándolo, viendo allí un rostro al cual le sonríe con una nostalgia que no se extingue, y los que están atrás esperan que cambie de tema, porque siempre es la misma melodía, pero el pibe sigue ahí como si nada, en su propia cajita musical.</div>
<div>Y viendo la pequeña película de sus vidas, mejor dicho, el fragmento que yo me imagino, que no sé si será el principio, el nudo o el desenlace de sus conflictos, olvido un poco las peripecias de la mía. Y sin darme cuenta del todo, ya falta menos, la puerta está más cerca. Falta que los que están desde hace un rato estancados en la hilera de pasajeros entreguen sus tickets, para que llegue mi turno y poder pasar de una buena vez la bendita puerta.</div>
<div>El latido que tenía en la sien hace algunos minutos parece cesar de a poco. Las manos ya no me sudan tanto. Quizás es porque el sonido me impide escuchar sus voces. Y de esa manera la melancolía no puede escapar de su prisión. Está agazapada, lo sé. Espera el momento justo para atacarme y despedazarme por completo.</div>
<div>Nunca nadie me explicó cómo es esto de las despedidas. Nadie eh.</div>
<div>Porque a uno le enseñan muchas cosas. A leer, a escribir, a sumar, a restar, a cantar el himno, etc. Pero nadie se toma el atrevimiento de enseñarte correctamente cómo es el proceso de alejarse de algo o de alguien. Probablemente porque nadie tiene la más mínima idea de cómo actuar frente a algo así.</div>
<div>Y no me vengan con la pantomima de los abrazos, las caricias, las palmadas, los besos en la boca, los buenos augurios. No. Eso no es despedirse.</div>
<div>Despedirse es mirar a los ojos a la otra persona y sentir el vacío de saber que esa imagen que tenés ante vos, va a convertirse lisa y llanamente en eso, una imagen. Una imagen que vas a intentar no borrar nunca, y que muy a pesar tuyo, y por un paradójico capricho del destino, lentamente se va a ir volviendo difusa. Porque se va a hacer complicado recordar las muecas, los implícitos mensajes de las sonrisas, los colores de la voz, el ardor de las pupilas.</div>
<div>Hasta que algún día, esa foto que tu cabeza guardó para siempre, te venga a buscar en un sueño y puedas verla otra vez con vida, y cuando te despiertes, te gane de nuevo la tristeza de esa despedida que se repite incansablemente y que nunca supiste cómo cerrar.</div>
<div>Pero para evitar males mayores, saco el ticket que tengo en el bolsillo y se lo entrego al muchacho que me va a permitir que aborde al avión.</div>
<div>No fue tan terrible después de todo.</div>
<div>Hasta que todos los demás ruidos se acallan, como si alguien hubiera apagado una radio y sólo suena una voz a lo lejos.</div>
<div>Yo no puedo contra esa voz. Sencillamente no puedo. Mi cuerpo se rinde ante ella.</div>
<div>Por eso giro y la busco entre la marea de gente.</div>
<div>Y veo las zapatillitas escabulléndose con agilidad hasta mis propios zapatos.</div>
<div>Se le traban las palabras, todavía es muy chica para saber agruparlas.</div>
<div>Pero yo le entiendo todo, porque hay algo que va más allá de unas letras ordenadas, algo que excede el abecedario.</div>
<div>Se toma de mi pierna y me mira entre llorosa y sonriente y me dice Papá, con la &#8220;p&#8221; arrugada por la congoja.</div>
<div>La levanto en brazos y le seco las lágrimas. A lo lejos la veo a Mariana, que frunce los hombros en señal de que no pudo hacer nada.</div>
<div>Ella también baña con su llanto la luz que despide su rostro.</div>
<div>Nunca nadie me enseñó cómo es eso de despedirse.</div>
<div>Por eso y con gran sensatez voy a huir de lo que no sé hacer.</div>
<div>Pido el ticket y me doy media vuelta.</div>
<div>El pibe de la guitarra todavía sigue tocando. Me parece que cambió de canción. Ésta no la conozco.</div>
<div>Salgo de la fila con mi hija en brazos y mientras le digo que se quede tranquila, que Papá no se va, Mariana agarra las valijas y me pregunta qué quiero cenar esta noche.</div>
<div></div>
<div></div>
<div></div>
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		<title>Querida Maru</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Sep 2013 13:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Querida Maru: Hoy me levanté y pensé que es un buen día para contarte todo. Podría haber sido cualquier otro día, es verdad, pero es hoy, no sé bien por qué. Nadie te explica cuál es la jornada indicada para hacer las cosas importantes. Simplemente suceden, uno se despierta y todo lo que acontece lo... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/09/02/querida-maru/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Querida Maru:</div>
<div>Hoy me levanté y pensé que es un buen día para contarte todo. Podría haber sido cualquier otro día, es verdad, pero es hoy, no sé bien por qué.</div>
<div>Nadie te explica cuál es la jornada indicada para hacer las cosas importantes. Simplemente suceden, uno se despierta y todo lo que acontece lo lleva extrañamente a esa situación en la que se ponen en juego decisiones de valor. Tal vez me esté equivocando y esta elección después sea desacertada. <span id="more-81"></span></div>
<div>Es el riesgo que voy a correr. Puede que haber soñado con tu madre tenga algo que ver, no lo puedo negar. El problema es que ella no dijo nada en el sueño, se quedó en silencio mirándome, con sus ojos bien negros hundidos en los míos, y yo no pude entender qué quería decirme con esa mirada, pero cuando volví a la vigilia sentí un latido distinto en el medio del pecho, algo que me decía &#8220;Joaquín, ya es hora de que lo sepa&#8221;, y la verdad es que lo vengo pensando hace un montón y sí, es hora de que lo sepas. Ya no sos una nena. Tus hermanos piensan lo mismo. Y aunque no toda la familia esté de acuerdo, creo que es el momento.</div>
<div>Si encontrara las palabras justas sería mucho más fácil. Y mirá que lo ensayé mil veces frente al espejo, pero no hay caso. No sirve de nada.</div>
<div>¿Y sabés por qué no sirve de nada? Porque no hay ensayo que me prepare para tu reacción frente a la verdad. Sinceramente tengo que pedirte disculpas.</div>
<div>Tengo mucho miedo. Miedo de hacerte mal, de lastimarte de una forma que no pueda reparar, de ser el autor de una herida que jamás puedas sanar.</div>
<div>Y no podría perdonármelo nunca.</div>
<div>Por eso te estoy escribiendo esta carta, con toda la cobardía que esto pueda significar, pero es el único camino que encuentro para llegar hasta vos.</div>
<div>Lo que tengo que contarte tiene que ver con Mamá.</div>
<div>Con Mamá y con vos.</div>
<div>En realidad, con todos nosotros.</div>
<div>Hay un vacío en la casa desde que ella se fue. Un vacío enorme, que ni yo ni nadie pudo llenar. Vos eras muy chiquita, demasiado para entender lo que estaba pasando. Así y todo tratamos de que tu mundo no detectara esa falta. Hice lo que pude te lo juro, por ocupar ambos roles. Pero tengo defectos como cualquier otro padre y claramente no logré ser todo a la vez. Buscaste imperiosamente la imagen de una madre, alguien tierno, cariñoso, alguien que te comprendiera, que fuera tu cable a tierra frente a las piedras que te presentaba la vida. La encontraste en la abuela Irma, ella tenía todo eso que vos necesitabas.</div>
<div>Te devolvió un poco la esperanza, te hizo sentir que la angustia podía esfumarse, que había una manera de curarte las heridas.</div>
<div>Pero también se fue.</div>
<div>Y no puedo permitirme que pase el tiempo y que algún día yo también tenga que irme sin que termines de comprender.</div>
<div>Antes que nada voy a pedirte un favor. Sin eso, no hay manera de seguir adelante.</div>
<div>Necesito que no sientas culpa. Porque no sos culpable de nada, ¿entendiste? De nada.</div>
<div>Tu Mamá te amaba. Más de lo que vos puedas imaginarte.</div>
<div>Sé que muchas veces te enojaste con ella por haberse ido.</div>
<div>Sé que te enojaste con Dios, tanto que decidiste no volver a creer en él.</div>
<div>Y sé que aunque no me lo hayas dicho, también te enojaste conmigo, sólo para alivianar un poco tu dolor.</div>
<div>Hoy mi deseo es que ese dolor se apague del todo. Que desaparezca para siempre. O se transforme, no sé. Pero que no sea más dolor.</div>
<div>Que de una vez por todas sientas que ya no hay más vacío en la casa, que ella está ahí en los rincones, presente, que nunca se fue.</div>
<div>Lo difícil viene ahora, pero bueno, no quiero dar más rodeos.</div>
<div>Antes de tenerte, los doctores le aconsejaron no volver a quedar embarazada, porque eso podía representar un gran riesgo para su propia vida. Ella había sufrido una grave enfermedad y su cuerpo podía no llegar a soportarlo.</div>
<div>Lo debatimos mucho, tuvimos muchas discusiones, pero tu madre era una mujer de convicciones inquebrantables.</div>
<div>Yo no sabía qué hacer. Imaginate lo que fue para mí. Podía llegar a perder a la mujer que más amé en mi vida, pero también podía quitarle el sueño hermoso de volver a ser madre. A veces cuando me desvelaba en la madrugada, la encontraba mirando por la ventana, con los ojos vencidos y en el silencio le tomaba la mano sin decirle nada, porque no encontraba una palabra que fuera adecuada para calmarla. Entonces te buscamos. Nos ilusionamos pensando que quizás el amor era milagro suficiente para hacer que todo terminara bien. Y llegaste vos Maru.</div>
<div>No puedo explicarte la emoción que nos embargó a ambos. Me volvieron a temblar las piernas como a un nene y tu mamá lloraba sin parar, pero era ese llanto tan característico de Lidia cuando vibraba de alegría. Sí, ese mismo llanto que te agarra a vos y que no podés controlar.</div>
<div>No creo que te acuerdes porque sólo tenías tres años. Pasamos unas vacaciones junto al mar. A ella le encantaba el mar. Podía pasarse horas con los pies ahogados en la orilla, regalándole su sonrisa a las olas, y se me viene a la cabeza la última foto que les saqué, a ustedes con ella, vos en brazos y tus hermanos a los costados. Esa que tenés en la pieza al lado del televisor. La que cuando llega Enero te tomo prestada durante unas semanas, para no sentirla tan lejos.</div>
<div>Esa misma.</div>
<div>Fue ahí cuando empezaron los dolores. Lidia volvió a sentirse mal, y todo empeoró de a poco.</div>
<div>Hicimos lo posible porque ustedes no se dieran cuenta, pero tus hermanos eran más grandes, y ellos lo notaron rápidamente.</div>
<div>Por eso decidimos guardar el secreto frente a vos durante un tiempo. Esperar que pasara el tiempo para que pudieras comprenderlo mejor.</div>
<div>Pero como te dije antes tengo mucho miedo. Siempre fui un tipo que no se supo enfrentar a lo que teme. Quisiera ser más valiente, animarme a decir las cosas como son, dejar de escaparle a todo lo que pueda dañarme o dañar a los que quiero. Pero no puedo Maru. Te juro que intento.</div>
<div>Es esa la razón por la cual tardé tantos años en decirte la verdad. Y es ése el motivo por el que ahora estás leyendo todo esto enfrente mío, sin que yo pueda hablarlo normalmente, sin que pueda contártelo como corresponde.</div>
<div>Perdoname.</div>
<div>Mamá se pudo ir en paz porque existís vos.</div>
<div>Vos sos su sueño. Y el mío también.</div>
<div>Tenés todo el derecho de enojarte, de culparme por haberte ocultado la verdad.</div>
<div>Pero si me preguntás a mí, y aunque sé que no es momento de pensar en lo que yo quiero, te pediría una última cosa.</div>
<div>Que me mires a los ojos, que cada vez que me mirás puedo volver a verla a ella también.</div>
<div>Y que me abraces.</div>
<div>Por favor.</div>
<div>Gracias hija.</div>
<div></div>
<div>Papá.</div>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Aniversario</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/07/24/aniversario/</link>
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		<pubDate>Wed, 24 Jul 2013 13:17:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Toda esta cuestión del tiempo a veces me hace pensar. Es tan raro. Cuando las cosas que viviste y que parecían abandonadas en un pasado remoto, vuelven así como si nada, se aparecen ante vos y de repente sos el mismo de aquella vez, tenés la misma edad, el mismo color de pelo, los mismos... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/07/24/aniversario/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Toda esta cuestión del tiempo a veces me hace pensar. Es tan raro. Cuando las cosas que viviste y que parecían abandonadas en un pasado remoto, vuelven así como si nada, se aparecen ante vos y de repente sos el mismo de aquella vez, tenés la misma edad, el mismo color de pelo, los mismos sueños, las mismas incertidumbres. Sin embargo, cuando te tomás el atrevimiento de mirarte al espejo para confirmar que realmente ese que fuiste está impreso en el vidrio, como si nunca se hubiera ido, como si toda esa cadena de sucesos que llevaron tu vida hasta el lugar donde ahora estás jamás hubiera existido y el camino borrara tus huellas para que puedas volver a crearlas, justo en ese momento el encantamiento se esfuma y te deja parado en el medio de la habitación, estupefacto, enredado en tu propia telaraña, esa que te suele conducir a las preguntas que menos querés hacerte pero que no se van de tu cabeza de ninguna forma.<span id="more-78"></span></div>
<div>Creo que el problema es el día. Y no hablo del clima eh. Antes quizás sí, me dejaba cambiar el humor por una mañana nublada o por un atardecer con el sol bien bajito, besándole la mejilla al horizonte. Ahora ya no. Ya no es ése el tema. Me refiero a que el problema es el día porque hoy, al igual que todos los años, me toca celebrar. Y en esa celebración siempre llueven los recuerdos, las imágenes, las sensaciones impregnadas en la retina, y por supuesto, como dije antes, toda esta cuestión del tiempo.</div>
<div>No es fácil. Cualquiera podría decir que sí. Y en una de esas tienen razón. Qué sé yo. Pero no me puedo olvidar. Y si alguien quiere venir a juzgarme que lo haga, no creo que ninguno de esos que atinen a levantar el dedo sepan con tanta certeza de lo que hablo.</div>
<div>Ellos no estuvieron ahí. No supieron lo que es sentirse así. Sentir que las paredes de la Tierra se pueden estar destruyendo, y vos sin que te importe nada, sin instinto de supervivencia, absorto frente a lo que tus ojos ven, aceptando que si ese es el final, si así tiene que ser, pues bien que lo sea, porque no necesitás otra cosa.</div>
<div>Igual nunca se lo dije a nadie. Ni lo haría tampoco. Van a pensar que estoy loco.</div>
<div>No.</div>
<div>Viejo sí, loco no.</div>
<div>Los muchachos del barrio (muchachos debería haberlo puesto entre comillas, pero bueno uno trata de que la abultada cantidad de años no se refleje en las palabras), me ven pasar y me saludan desde sus ventanas y supongo que imaginan cualquier cosa, porque salir con este frío a recorrer las calles es de un corajudo, o de un aventurero como le gusta decir a Horacio.</div>
<div>Yo prefiero no explicarles, si después de todo no lo van a entender. No creo que se acuerden. Y si se acuerdan no le van a dar la importancia que tiene para mí.</div>
<div>Se hace de noche y en el patiecito de la casa abandonada brindo conmigo mismo. No sería un festejo si no levantara la copa y tomara aunque sea un sorbito en honor a ese día. Con uno solo alcanza.</div>
<div>Al principio me pareció medio tirado de los pelos todo este tema del aniversario. Porque pensándolo bien, no es algo muy normal, ya lo sé.</div>
<div>Pero bastó con llevarlo a cabo la primera vez para caer en la cuenta que el resto de los días no importaba. Que esa jornada, cada año a la misma hora y en el mismo sitio era lo único que valía la pena.</div>
<div>Y valía la pena porque era como volver a estar ahí.</div>
<div>Sentado al lado tuyo, viéndote en penumbras, con la luz entrando por la puerta que daba a la cocina y las estrellas haciéndonos compañía, escuchando lo que decíamos pero sin contárselo a nadie, porque era algo nuestro, algo que viajaba de un corazón al otro, sin intermediarios más que las sílabas regaladas por tus labios, y luego el silencio y tus ojos y la espera ansiosa de mis manos por tomar las tuyas, para sentirte más cerca aún, creyendo que de esa forma podía retenerte junto a mí e inmortalizarte en mi memoria, y tu sonrisa, Dios, qué adjetivo podría encontrar para tu sonrisa que sea suficiente y que te retrate a la perfección, esa sonrisa capaz de hacer a un costado las dagas heladas del invierno, y abrazarme con el lazo más cálido y protector, alejándome de todo resabio de dolor o miedo, ahuyentando los fantasmas propios y los ajenos, los que se esconden en las sombras y carcomen el alma por dentro, iluminando todo a tu alrededor  acaso sin saberlo, acaso sin tomar noción del fulgor que rodea tu cuerpo y te hace ser más bella aún, con el fuego que despiden tus pupilas incandescentes.</div>
<div>Eras todo para mí. Y lo vas a seguir siendo hasta que las horas se acaben.</div>
<div>Sos todas mis razones.</div>
<div>Sos el amanecer, el atardecer, el desvelo, la fervorosa alegría, los anhelos, la arena deslizándose en el reloj, marcando el devenir de mis momentos, mi principio y mi fin, todo lo que soy y todo lo que no tengo.</div>
<div>Ese fue el día o mejor dicho, la noche más feliz de mi vida.</div>
<div>Por eso hoy estoy acá sentado.</div>
<div>Por eso hoy, mientras las luces se van extinguiendo, miro las estrellas y te recuerdo. Vuelvo a esa noche mágica para seguir respirando, sabiendo que jamás volveré a ser tan feliz.</div>
<div>Es un aniversario con mi felicidad. Ella y yo somos conscientes que debemos encontrarnos cada año en este lugar.</div>
<div>Quizás les parezca estúpido. No puedo hacer nada contra eso.</div>
<div>De vos sólo sé que te casaste y formaste una familia.</div>
<div>Es justo, lo merecías.</div>
<div>Tal vez no me recuerdes, o sí.</div>
<div>Tal vez pasaste alguna tarde por esta casa abandonada y te metiste despacito, sin que nadie se entere, como hago yo, para imaginarme ahí junto a vos tomados de la mano, en un instante que me prestó el Mundo para tenerte conmigo y que como todo en esta vida, vino a cobrárselo después.</div>
<div>No lo sé y probablemente nunca lo sepa.</div>
<div>Sólo me queda seguir tiritando de frío, pero no pienso moverme de acá. Todavía queda otro sorbo de champagne en la copa.</div>
<div>Y todavía estamos juntos.</div>
<div>Por favor, quedate un rato más.</div>
<div>Y si no es mucho pedir, dame la mano.</div>
<div>A tu salud.</div>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>No importa</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/07/01/no-importa/</link>
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		<pubDate>Tue, 02 Jul 2013 01:53:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[No importa que afuera el color del cielo se vuelva ciclotímico, ni que el bullicio que nace entre las mesas se convierta en una marea ensordecedora. No importa que detrás del vidrio las personas caminen con sus vidas a cuestas, enarbolando ilusiones o dejándolas apagarse en el viento para siempre, sin saber más de ellas... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/07/01/no-importa/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>No importa que afuera el color del cielo se vuelva ciclotímico, ni que el bullicio que nace entre las mesas se convierta en una marea ensordecedora. No importa que detrás del vidrio las personas caminen con sus vidas a cuestas, enarbolando ilusiones o dejándolas apagarse en el viento para siempre, sin saber más de ellas que la velocidad con la que recorren el cemento congelado, mientras el apuro por escaparle al frío es moneda corriente, y los rostros contraídos se esconden detrás de las bufandas de lana. <span id="more-76"></span></div>
<p>No importa que los relojes sigan siendo espectadores de la danza apasionada de sus agujas, encontrándose y desencontrándose una y otra vez, jugando con el tiempo, estirando o acortando las horas, los minutos, los segundos.</p>
<p>No importa la máquina de café a lo lejos, ni el impune y adictivo aroma del chocolate, ni el sobrecito de azúcar, apenas abierto, recostado sobre las paredes del vaso de plástico.</p>
<div>No importa que las manos se me estremezcan de los nervios, ni que los pies se muevan impacientes, ni que haga lo imposible para que no lo notes.</div>
<div>No importa que esté pidiendo para mis adentros que todo no pase tan rápido, que este momento no se termine, después de haberlo esperado tanto, después de haber deseado fervientemente tenerte ahí sentada, hablándome de vos, contándome tus sueños, tus dudas, tus certezas, las marcas del pasado, los miedos del futuro, gobernándolo todo con esa sonrisa que irrumpe dentro mío sin pedir permiso, y me hace más vulnerable de lo que ya soy, de lo que todavía seguro no sabés.</div>
<div>No importa.</div>
<div>Y no importa porque estás ahí.</div>
<div>Qué más necesito que eso.</div>
<div>Qué más que perderme en el laberinto de tus ojos silenciosos, en el trayecto que hacen tus palabras desde que son liberadas por tus labios, hipnotizándome por completo, sin que pueda alejar mi mirada de la tuya, y es exactamente en ese instante cuando trato de correr la vista para que no veas que ya ganaste la batalla, sin quererlo, y que estoy rendido, que ya entregué mis armas, que no tengo manera alguna de seguir adelante sin que sepas que me estalla el pecho, sin que te des cuenta que el tipo que tenés sentado enfrente podría ver como todo se desmorona alrededor suyo, pero aún así seguiría sin importarle, porque su mundo se reduce a ese ahora, a ese presente que quiere sea infinito, a esa porción de tiempo que se le deshace entre los dedos y que cuando se acueste a la noche, y apoye la cabeza contra la almohada sabrá que ya se ha extinguido, y será difícil conciliar el sueño, sabiendo que te volvió a perder, sabiendo que va a tener que conformarse con la imagen que imprimió en sus retinas para no olvidarte nunca, y que con el paso de los días se irá desdibujando, hasta tener que recrearla en su mente, y así sentir que seguís estando cerca.</div>
<div>Pasarán las jornadas, la rutina volverá a ser rutina, los programas en la tele serán extremadamente aburridos, las historias escuchadas al pasar en el colectivo serán fácilmente desechables, y alguna tarde, o quizás alguna noche, ese tipo se sentará frente a su cuaderno o su computadora, y escribirá un cuento, pensando que a lo mejor, esa huella en el papel o esos caracteres detrás del monitor se inmortalizarán, aunque jamás sean leídos por vos o sí, pero como tantas otras cosas dichas anteriormente, no importa.</div>
<div>No importa porque tu voz me acaba de sacar del ensimismamiento.</div>
<div>Y miro para todos lados tratando de confirmar que seguimos ahí, uno frente al otro, que no es un espejismo, que no es una falsa percepción de la realidad, sos vos contándome las películas que te gustan, soy yo, escuchándote y contándote las mías, en una especie de burbuja, de la cual no quiero salir.</div>
<div>La gente está empezando a levantarse, cada vez con más frecuencia. El sonido de las sillas arrastrándose se repite hasta el hartazgo, y nosotros nos seguimos indagando, investigando, descubriendo, haciendo a un lado el fino velo del misterio que existe entre dos personas antes de conocerse verdaderamente.</div>
<div>Es de noche y podría quedarme sin tregua, observándote abrir las puertas de tus sentimientos, explicándome los por qué, ahondando en lo más profundo de tus pensamientos, revelándome con cautela las señales que te muestran como sos, con tu espontaneidad a flor de piel y la simpatía refrescándome con cada uno de tus gestos.</div>
<div>Aunque ahora y sin terminar de comprender cómo, la oscuridad absorbe los rincones, los ruidos se desvanecen y la soledad me devuelve a la habitación, y caigo en la cuenta que ese momento de felicidad se esfumó, que es hora de apoyar la cabeza en la almohada y reconstruirte, guardarte en los pasillos de mi memoria, hacerte eterna en ese recuerdo y así, mañana, o pasado, o tal vez dentro de muchos años, sentarme a contar la historia de ese tipo que te conoció, que tuvo la fortuna de ser parte por un rato de tus cosas, que entendió que tu presencia ahí, frente a él, era todo lo que necesitaba, aunque tuviera que, de allí en adelante, aceptar que te había vuelto a perder.</div>
<div>Algo así como despertar de un sueño, regresar inevitablemente a la vigilia.</div>
<div>Y después del punto final, el destino, si es que hay uno, hará que leas estas líneas o que nunca lleguen a vos.</div>
<div>Mientras tanto sólo me resta darle forma a esta oración y despedirme dándote las gracias, porque sinceramente, todo lo demás, no importa.</div>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Ramírez y el brillo</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/25/ramirez-y-el-brillo/</link>
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		<pubDate>Wed, 26 Jun 2013 01:53:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de tanto tiempo, Ramírez empieza a entender. Se da cuenta que la espera no fue en vano. Y le resulta tan extraño beber el elixir de esa sensación, que se larga a llorar como un nene. Llora como si nunca antes lo hubiera hecho. Y probablemente, nunca antes lo haya hecho. Por lo menos... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/25/ramirez-y-el-brillo/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Después de tanto tiempo, Ramírez empieza a entender.</div>
<div>Se da cuenta que la espera no fue en vano. Y le resulta tan extraño beber el elixir de esa sensación, que se larga a llorar como un nene. Llora como si nunca antes lo hubiera hecho. Y probablemente, nunca antes lo haya hecho. Por lo menos no así.</div>
<div>Intenta ocultar su debilidad pasándose fugazmente la yema de los dedos por la cara y se enjuga las manos con el borbotón de lágrimas que escapan debajo del manto inútil de sus párpados.<span id="more-73"></span></div>
<div>Agacha un poco la cabeza, se toma el mentón y luego sí, vuelve a levantar la mirada con cierta timidez.</div>
<div>En ese segundo en el que se le bloquea la razón y la retina se le nubla por completo, Ramírez trata de mantener con firmeza los pies sobre el suelo, erguirse lo más posible y nunca mostrarse endeble, como un Roble, y se le viene a la mente su padre hablando despacito, arrastrando la última sílaba, que en paz descanse el bueno de Ernesto.</div>
<div>La música lo ayuda a relajarse un poco, y de esa forma trata de no dejarse enceguecer por el brillo.</div>
<div>No es que no esté acostumbrado. Para nada. Al contrario.</div>
<div>Pero aunque no sepa bien cómo explicarlo, siempre le parece nuevo.</div>
<div>O renovador.</div>
<div>Sí.</div>
<div>Renovador le cae mejor a lo que Ramírez siente.</div>
<div>Y es quizás lo único que lo sorprendió durante el transcurso de toda su vida. Lo único que lo tomó de imprevisto.</div>
<div>Para alguien que acepta los vericuetos del camino, no es una anomalía que algo lo encuentre desprevenido.</div>
<div>Pero para alguien como Ramírez, alguien que nunca se la jugó por nada, que se dedicó a ver cómo los sueños le pasaban por al lado, que  siempre pensó que las cosas llegan y si no llegan no hay que pelear por ellas, bueno, para alguien así, una cortada en la ruta de su historia es todo un acontecimiento.</div>
<div>Ciertamente, podría haber sido otra señal ignorada por él. Un cerrar de ojos y asunto terminado. Ninguna evidencia de que algo distinto se asomó a su existencia. Ningún resabio. Sólo esquirlas y nada más.</div>
<div>Sin embargo, no pudo o no supo ignorar. Y fue ahí cuando apareció todo este tema del brillo.</div>
<div>Desde ese momento, las dudas lo fueron abrigando de a poco y sin notarlo, un abismo se abrió en su interior, mostrándole una realidad que desconocía. Y tras las dudas vino el miedo, y con ese miedo las punzantes ganas de huir, de abandonar eso que no sabía cómo se llamaba pero que siendo tan potente le hacía mal.</div>
<div>Por supuesto, huyó.</div>
<div>No estaba preparado. No sabía cómo actuar. No sabía qué decir ni qué hacer.</div>
<div>Se recluyó por un tiempo en su silencio. Volvió a sentirse cómodo, en su hábitat natural.</div>
<div>Pasaron varios meses, unos cuantos, hasta que en su cabeza cobró forma la sospecha de que era su última oportunidad.</div>
<div>Y eso que Ramírez no entendía mucho de oportunidades.</div>
<div>Pero tal vez no sólo fue aquella sospecha, sino también el vacío que le estrujaba el corazón.</div>
<div>Entonces, sin terminar de comprobar qué mecanismos se ponían en movimiento para hacerlo reaccionar, se paró frente al espejo y vio con tristeza en lo que se había convertido, un fantasma de sí mismo, una proyección viviente de sus peores miserias, y las rodillas le flaquearon un poco.</div>
<div>Luego de darse una ducha caliente, eligió su mejor camisa, se roció las muñecas con un perfume que guardaba en el último cajón de la mesada y sin pensarlo demasiado (si lo hubiera pensado probablemente no lo hubiera hecho) se dirigió a la puerta con paso cansino.</div>
<div>Se subió al tren de las 15, esperó que se desocupara un asiento al lado de la ventana y tras unos minutos se quedó dormido.</div>
<div>Cuando despertó ya estaba casi en la estación donde debía bajarse.</div>
<div>Afuera el frío empezaba a mostrar sus mejores armas, por eso y con una agilidad que no recordaba, se abrochó todos los botones del saco gris, y enrolló cuidadosamente la bufanda alrededor de su cuello para que el viento no pudiera ingresar bajo ningún punto de vista.</div>
<div>Caminó dubitativo las cuadras que lo separaban de su destino y tocó el timbre del departamento del fondo.</div>
<div>Hubo un instante en el que deseó que nadie contestara, y así lograr un doble cometido, no afrontar la situación y librarse de toda culpa.</div>
<div>Hasta que la puerta se abrió sin previo aviso y el brillo lo volvió a despertar. Le costaba respirar y se le cruzó por la mente salir corriendo.</div>
<div>Escaparse para siempre. Que nadie supiera nunca más de él.</div>
<div>Sólo que esa vez decidió no huir.</div>
<div>Se entregó por completo a la sutil ternura que despedían los labios tibios que tenía sobre los suyos.</div>
<div>Descubrió un sitio donde sentirse seguro, a salvo, alejado de las feroces trampas que la cotidianeidad le presentaba día a día.</div>
<div>Y en ese vaivén de impulsos que lo embargaba, aceptó que de alguna manera, por algún motivo que le era ajeno, podía ser feliz.</div>
<div>Aunque no fue ahí cuando empezó a entender.</div>
<div>Recién ahora es cuando eso sucede.</div>
<div>Recién ahora, mientras ella avanza del brazo de su padre, y toda la gente la observa, perfecta, y entre murmullos se rinden ante tanta belleza. Mientras las distancias se acortan y sus ojos se unen como imanes, inseparables. Mientras la siente suya, allí, llegando a su lado, sin saber por qué, ni cómo, sin creer en los milagros pero creyendo un poco, aceptando que las cosas llegan pero es más fácil que lleguen si se pelea por ellas, y llorando como un nene, porque las lágrimas curan, limpian heridas, y eso nunca puede ser malo.</div>
<div>La firmeza de los pies ya no le preocupa tanto, ni mostrarse tan endeble, después de todo, el viejo Ernesto debe andar por ahí, y su madre le sonríe a escasos centímetros, hasta que llega ella, y ahora son solamente dos.</div>
<div>Después de tanto tiempo, Ramírez entiende de qué se trata.</div>
<div>Pispea alrededor y todos, absolutamente todos, entrecierran un poco los ojos.</div>
<div>Y ahí comprende que su mujer ya no brilla sola, no es el único haz de luz encendido en la noche, porque pegado a su cintura, tomándola de la mano, está él, el propio Ramírez, el que ya no duda ni tiene miedo, el que ahora también brilla.</div>
<p>&nbsp;</p>
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		<item>
		<title>El mundo de los mortales</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/17/el-mundo-de-los-mortales/</link>
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		<pubDate>Tue, 18 Jun 2013 02:07:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Está bien que subas a ese tren. Aunque tenga que aceptar que cuando lo hagas, a mí se me va a terminar todo. Es justo que lo diga así. La verdad, es lo que siento. Nunca supe esconder demasiado lo que me nace desde adentro. Y vérselas cara a cara con la derrota y dejársela... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/17/el-mundo-de-los-mortales/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Está bien que subas a ese tren.</div>
<div>Aunque tenga que aceptar que cuando lo hagas, a mí se me va a terminar todo.</div>
<div>Es justo que lo diga así. La verdad, es lo que siento. Nunca supe esconder demasiado lo que me nace desde adentro.</div>
<div>Y vérselas cara a cara con la derrota y dejársela tan fácil, es algo a lo que no estoy muy acostumbrado.</div>
<div>Pero bueno, no es culpa tuya ni mía. Seguramente son los planetas conspirando, o la suerte mirando para otro lado, haciéndose la desentendida, como si no pasara nada, y vos ahí tan libre, y yo acá tan preso de tu libertad, y por qué no de la mía también, que te juro que ya no la quiero. <span id="more-71"></span></div>
<div>Qué sencillo sería girar para el otro lado de la estación y cerrar los ojos, pensar que ya está, que ya te fuiste, que no sirve de nada buscarle explicaciones a lo inexplicable. Qué sencillo sería cruzar de vereda y perderme por las calles de Devoto, mientras la gente sigue en sus charlas, en sus cafés a medio terminar, en sus abrazos sin amor, en sus discusiones interminables.</div>
<div>Qué sencillo sería subirme al colectivo y mirar por la ventanilla, ahogarme para siempre en mi propio silencio, y no decir nunca más nada, porque sabés que soy así, bien extremista, o blanco o negro, y si no te tengo, para qué hablar, para qué regalar palabras de mi boca, si no tengo nada interesante, nada necesario, nada fundamental que valga la pena decir.</div>
<div>Sí, sería muy sencillo hacer todo eso.</div>
<div>Incluso te diría que hasta sería sano. Olvidarme de una buena vez por todas de lo que nos salió mal. Borrarte de mi cabeza y arroparme en la certera aceptación de tu partida. Levantarme a la mañana y darme cuenta que no está el perfume que tanto te gusta usar, endulzando la habitación.  Y así, de a poco, ser parte otra vez del mundo que comparto con el resto de los mortales, ese mundo que habíamos abandonado cuando éramos dos, y nada más que dos, para vivir en el nuestro, ese mundo que inventamos vos y yo.</div>
<div>No soy demasiado aficionado de las simplicidades ni de las sencilleces. Creo que lo tendrás más que claro. Un tipo rebuscado. Muy.</div>
<div>Por eso no puedo irme. Te aseguro que no puedo. Me encantaría hacerlo. Porque nadie más que yo sabe que está bien que te subas a ese tren. Para empezar todo de nuevo. Para barajar y dar de vuelta. Para volver a ser la que eras, la que sonreía, la que tenía una respuesta para todo, la que creía que algunas cosas no eran imposibles, y si lo eran, no se resignaba a darles el gusto de serlo.</div>
<div>Esa mujer de la que me enamoré, esa mujer que me rompió los esquemas y me mostró que hay algo más que la propia sombra y las huellas que dejamos en el camino, esa mujer que se abrió paso entre la muchedumbre del bar y me dijo al oído que si no la dejaba de mirar se iba a terminar poniendo de novia conmigo.</div>
<div>Ahora que lo pienso, te hubiera hecho un favor si corría la mirada. O si hacía que no te había entendido lo que me decías.</div>
<div>Pero ahí tampoco tuve chance. Cómo iba a tenerla si me envenenaste con los dardos de tu simpatía, y te me metiste entre los huesos, a fuerza de besos furtivos y miradas centelleantes. No había forma. Disculpame, de verdad.</div>
<div>Nunca entendí demasiado bien por qué en situaciones como éstas, siento que el tiempo pasa de forma diferente.</div>
<div>No sé, te veo ahí, moviéndote en el andén, a punto de salir del mapa de mi existencia, y es como si estuvieras caminando en cámara lenta, como en una película, y yo no tengo el coraje para poner stop, acercarme hasta donde estás vos y cambiar de una vez por todas el curso de esta historia.</div>
<div>Lo bueno es que no hayas notado que estoy a diez pasos tuyos. Es mejor evitarnos la ineludible crueldad de la despedida.</div>
<div>Que duela lo menos posible. Eso corre por cuenta mía, ya sé. Tal vez debería darte la opción de que elijas.</div>
<div>El problema son los recuerdos. Contra eso no puedo hacer nada. Y mirá que intenté por todos los medios desterrarlos de mi cabeza.</div>
<div>Me hice una lista mental de los lugares por los cuales no debo pasar, de los libros que no tengo que leer, de las comidas que no tengo que comer, y así, siendo enteramente respetuoso de ese ritual, puedo acortarme los caminos y no encontrarte, esquivando las coordenadas que me llevan indefectiblemente hacia tus ojos, tu voz, tus manos, los cuchillos que se me clavan en el pecho si no estás.</div>
<div>Ya es hora. Es el paso que tenés que dar.</div>
<div>Podría correr, gritar, impedir de cualquier manera que lo hagas.</div>
<div>Tomarte por la cintura y mientras te das media vuelta, robarte un beso como cuando cantabas en la cocina.</div>
<div>Decirte que sin vos no soy nada, que no me importa lo que hicimos mal, los momentos en donde nos odiamos, donde no nos queríamos ni ver.</div>
<div>Decirte que si te vas, se va todo lo que soy, o lo que aprendí a ser a tu lado.</div>
<div>Decirte que no estoy muy seguro de si la felicidad existe, pero que si existe, unos mates junto a vos son lo más parecido.</div>
<div>Y probablemente, si los planetas vuelven a alinearse, y si la suerte tiene ganas de trabajar un poco de lo que le corresponde, vos me mirarías y me dirías que me calle, que estoy hablando de más, que no necesito ser cursi, porque igual te vas a quedar.</div>
<div>Pero no voy a correr, ni gritar, ni impedir que des el paso que sigue.</div>
<div>No sería justo.</div>
<div>Porque tu sonrisa está latiendo en el medio de la tarde, y no es para mí.</div>
<div>Es para vos misma, que volviste a ser la que eras, la que tenía una respuesta para todo, la que no se resignaba a las cosas imposibles.</div>
<div>Y no hay nada más brillante que tu sonrisa y tus convicciones, desplegadas como un pergamino que no se deshace frente a la adversidad.</div>
<div>Por eso me subo el cuello de la campera y te saludo sin que me veas.</div>
<div>Vos te sentás en el último vagón y mirás el reloj impaciente.</div>
<div>Yo salgo de la estación, cruzo la vereda y me pierdo por las calles de Devoto, mientras la gente habla o hace que habla, se besa o hace que se besa, y una vez que me subo en el colectivo, me ahogo en mi propio silencio,  y empiezo a recuperar la noción de cómo era vivir en este mundo, que ya no es el nuestro, es el mundo de los mortales.</div>
<div></div>
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		<item>
		<title>La otra Raquel</title>
		<link>http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/13/la-otra-raquel/</link>
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		<pubDate>Thu, 13 Jun 2013 22:40:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Raquel sueña. O cree que sueña. La casa se extiende enorme, imponente frente a sus ojos. Y las sábanas puramente blancas cubren todos los muebles y hay un olor a pino y un añejo sentimiento de soledad.Los pies se deslizan a una velocidad extraña, ni demasiado rápido ni demasiado lento, y hasta pareciera que ni siquiera... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/13/la-otra-raquel/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Raquel sueña. O cree que sueña. La casa se extiende enorme, imponente frente a sus ojos. Y las sábanas puramente blancas cubren todos los muebles y hay un olor a pino y un añejo sentimiento de soledad.Los pies se deslizan a una velocidad extraña, ni demasiado rápido ni demasiado lento, y hasta pareciera que ni siquiera se mueven, sólo flotan y viajan, sólo recorren con suavidad el piso helado del hogar.</p>
<div><span id="more-67"></span></p>
<div>Las fotos se convierten en un reflejo difuso de un pasado o de un futuro incierto. Y el día se cubre con el manto solemne de la noche, con la impunidad ejercida por una Luna majestuosa que abarrota de luz azul, bien tenue, los pasillos silenciosos.</div>
<div>El tiempo no encuentra el resquicio para volverse eficaz y se desvanece, se deja caer como por un precipicio y desaparece para siempre, abandonándola en su propio vacío.</div>
</div>
<div>Quiere hablar pero no le salen las palabras. En el caso de que pudiera hacerlo, tampoco sabe bien qué diría.</div>
<div>Los dedos acarician fugazmente la mesa del comedor que da al patiecito de jazmines a medio crecer.</div>
<div>Hay algo de todo eso que le resulta familiar aunque no sea su casa.</div>
<div>Por eso sigue recorriendo las habitaciones con sigilo, deteniéndose a contemplar su figura en los espejos. Se sonríe con la boca llena de flores de estación y los rizos cayéndole encima del vestido que le compró su hermana mayor.</div>
<div>A Raquel ya no le importa demasiado si sueña, o si cree que sueña.</div>
<div>Allí se siente a gusto, percibe que las cosas de a poco se unifican regalándole una sensación que le refresca el alma.</div>
<div>Una mariposa se deposita sobre su hombro y ella, inocente, tararea una melodía, y la mariposa aletea mientras Raquel baila con su propia sombra.</div>
<div>Y entre giro y giro nota cómo la piel de sus manos se comienza a poner rugosa y le pesan los párpados, las piernas no le responden con tanta facilidad, y su mirada, antes efervescente, incisiva, ahora se pierde en la niebla de sus pensamientos oscuros.</div>
<div>Raquel olvida por qué está en ese lugar, o tal vez no, tal vez no está segura si realmente alguna vez lo supo.</div>
<div>Un viento irascible hace enloquecer las cortinas y las sábanas blancas que antes cubrían los muebles ahora se precipitan, dejando al descubierto las imperfecciones de la madera enmohecida.</div>
<div>Las copas de cristal se hacen añicos contra el suelo y las agujas del reloj realizan una carrera desenfrenada y esquizofrénica sin final, hasta que se chocan y se quiebran en pedazos.</div>
<div>Llueve, y la casa confunde sus propias lágrimas con las gotas intrépidas que se desgarran desde el cielo y mueren en los ojos de Raquel, que parece haber perdido la brújula de lo que existe en su corazón, y sin quererlo se ha ido resignando a la idea de que jamás podrá salir de ese lugar, que permanecerá allí hasta el último de sus días y que no habrá más despedidas que su propia melancolía.</div>
<div>No habrá más recuerdos, ni más caricias, ni más besos, no habrá historias que puedan volverse inolvidables, no habrá más canciones de cuna ni sollozos de alegría, no habrá más retazos de felicidad, ni esperanza acumulada, no habrá ríos de ilusiones ni nuevos amaneceres, sólo un abrir y cerrar de ojos, con el mundo a cuestas y un adiós para sus adentros.</div>
<div>Raquel se recuesta y espera.</div>
<div>Las luces de la habitación le bañan el rostro y la vejez se oculta por unos segundos en sus mejillas.</div>
<div>Un sopor profundo la domina y se va dejando llevar, como en un sueño, del cual no sabe si es la protagonista pero ya no importa, porque todo duele menos, y la tristeza comienza a desdibujarse, mientras la calma gobierna su cuerpo y las horas se apagan.</div>
<div>Un remolino de colores pastel y luego una puerta, y detrás de ella, un campo que estira sus olas de árboles hasta el horizonte.</div>
<div>Raquel corre con la velocidad de una gacela entre las cosechas de maíz. Su risa se alcanza a oír al otro lado del pinar, mientras el Sol destierra de la tarde sus lenguas de fuego.</div>
<div>La niña se sienta en el caminito de piedras que bordea la casa y escucha la voz de su hermana cantando una canción que le resulta conocida. La abraza y se cobija en la certeza de que puede sentirse a salvo allí.</div>
<div>Sin embargo, algo hace que se sienta dividida en dos, como si le faltara una parte de sí, como si todo se hubiera vuelto loco de repente y ella no fuera sólo esa Raquel pequeña, hermosa, arraigada a los brazos de su hermana mayor.</div>
<div>Muy en el fondo, sabe de la otra Raquel, la anciana, la que está en la cama, arriba, o abajo, porque no puede determinarlo con claridad, y la está soñando a ella así de jovencita, feliz, entre los campos de maíz y los pinos atestados de rayos de Sol, así de sencilla y a la vez solemne, así de eterna.</div>
<div>Y también, muy en el fondo sospecha, que quizás es ella la que está soñando y ese cielo de Septiembre no es ni tan celeste ni tan real como lo presiente, y esa canción que canta su hermana pronto se diluirá en sus oídos y sólo quedará el eco del desengaño resonando en las paredes de su mente.</div>
<div>Aunque tal vez, ambas Raqueles no sepan la verdad, ni siquiera estén cerca de imaginarla, y las dos jamás sepan que son hijas de la creación de la única Raquel, la que fue joven y es vieja, la que recorrió los campos de maíz, la que nadó entre las olas de sus árboles, la que bailó con su propia sombra y se volvió inmortal entre las sábanas puramente blancas, con la boca llena de flores de estación y los rizos cayéndole encima del vestido que le regaló su hermana mayor.</div>
<div>La Raquel que ahora sueña, o cree que sueña, la Raquel que nunca despierta.</div>
<div></div>
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		<title>Mano a mano</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Jun 2013 05:08:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Estás del otro lado del alambrado y para mí con eso alcanza. Llegaste algunos minutos tarde, pero no importa. El partido no empezó hasta que te asomaste con tus pasos cortitos, lentos pero seguros, enrollando la bufanda tejida de un hombro a otro, y la boina marrón cubriéndote la cabeza. En realidad voy a ser... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/06/05/mano-a-mano/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Estás del otro lado del alambrado y para mí con eso alcanza. Llegaste algunos minutos tarde, pero no importa.</div>
<div>El partido no empezó hasta que te asomaste con tus pasos cortitos, lentos pero seguros, enrollando la bufanda tejida de un hombro a otro, y la boina marrón cubriéndote la cabeza. En realidad voy a ser sincero, el partido arrancó hace rato pero yo no empecé a jugarlo en serio hasta que te vi parado detrás del arco que da a Juan B. Justo.</div>
<div>Sabía que no me ibas a fallar. ¿Cómo me ibas a dejar solo en ésta que era una de las paradas más difíciles?<span id="more-63"></span></div>
<div>Por un lado me siento culpable, porque no estás para andar chupando este frío, pero por otro sé que si algo bueno tiene que pasar hoy, no puede suceder si no estás vos.</div>
<div>Te miro a lo lejos y trato de conectar con tu mirada, para recibir esa caricia fraterna que me das cuando asentís mansamente, y el tiempo parece detenerse y volvemos hacia atrás como en un remolino, y te pateo en la plaza que bordea el hospital, y vos te movés hacia el otro palo, mejor dicho hacia la otra rama (que hace de poste) clavada en la tierra, para permitir que la pelota traspase los límites de ese arco ficticio que ambos inventamos y yo me sienta el mejor jugador que puede existir. Festejamos juntos, como siempre, y tu sonrisa se eleva en el viento, borrando cualquier atisbo de tristeza.</div>
<div>Pero ahora vuelvo de sopetón a la realidad, porque el balón cae llovido sobre el área y el lateral derecho del equipo contrario se me anticipa y me gana la posición. Todavía no logré entrar en juego y me siento un poco en falta, porque te hice venir hasta acá para terminar haciendo este papelón.</div>
<div>No es justo abuelo.</div>
<div>Encima el 9 de ellos está inspirado, se saca dos tipos de encima y antes de que le salga el arquero define fuerte abajo. Uno a cero y yo siento un vacío en el pecho que no sé cómo hacerlo desaparecer. Es terrible ese presentimiento de que no hay forma que podamos remontarlo, esa visión feroz de cómo serían las cosas si todo no sale como uno lo espera. Y hasta el momento está saliendo todo al revés.</div>
<div>Termina el primer tiempo y yo te saludo con la mano desde el banco porque me da un poco de vergüenza acercarme con lo mal que estoy jugando y más sabiendo que te prometí que íbamos a salir campeones. Vos me devolvés el saludo a la distancia y notás mis nervios, por eso le pedís a mamá que te acompañe hasta donde estoy yo. No quiero que caminés tanto y ahí sí me levanto de entre los suplentes y acelero el trote hasta el costado de la cancha.</div>
<div>Me das una palmada en la espalda y me decís que la cosa viene jodida. Pero que no me preocupe, que una me va a quedar.</div>
<div>Yo te pido disculpas, y te digo que no sé qué es lo que me pasa, que estoy bastante asustado.</div>
<div>Vos te reís y cuando mamá mira para otro lado, te acercás lentamente y me recordás esa frase que nunca terminé de entender del todo pero que la usás cada vez que me gana el miedo.</div>
<div>&#8220;Tiémblase viejo cuerpo, pero más temblarías si supieras a dónde te llevo. Y el anciano se lanzó a lo más terrible de la batalla&#8221;.</div>
<div>Lo peor es que siempre que te pregunto qué pasó con el anciano, me contestás que lo llenaron de balazos y soltás una carcajada.</div>
<div>Y yo hago lo mismo, porque al final tanto coraje no le sirvió para nada. Pero me parece que el secreto de la frase está en que me olvide del problema y salga a enfrentarlo sin darme cuenta.</div>
<div>Por eso mientras me guiñás el ojo, me meto a la cancha con un poco menos de susto para jugar el segundo tiempo.</div>
<div>Pero la cosa no cambia. Es más, empeora.</div>
<div>Nos echan a un jugador a los diez minutos y se nos complica pasar la mitad de campo.</div>
<div>El técnico me manda a pararme entre los dos centrales y rezar que caiga algún pelotazo para ver si los puedo encarar en alguna.</div>
<div>El reloj corre y nosotros que por lo menos necesitamos un empate para llevarnos el torneo. El problema es que no logramos salir ni siquiera del área.</div>
<div>Me están agarrando unas ganas de llorar que ni te cuento. Una impotencia voraz. Trato de no mirar para el lado del alambrado porque creo que me largo a lagrimear ahí nomás.</div>
<div>El árbritro dice que es la última jugada. Ellos se relamen en silencio.</div>
<div>Entonces sucede.</div>
<div>El 5 nuestro logra calzar una volea y el balón hace una parábola extraña en el aire que termino matando con el muslo derecho.</div>
<div>Y en ese instante es cuando tomo noción que estoy de frente a los dos mastodontes que me marcaron todo el partido y no me dejaron mover. Me sale el primero y la única que me queda es tirársela larga por afuera porque ya lo tengo casi encima. El grandote queda desairado y me persigue de atrás. Ahí es cuando me viene a buscar el que queda y siento como si una caballería entera me estuviera por alcanzar.</div>
<div>Amago a patear al arco y el central se lanza a los pies, lo que me da tiempo a frenarme en una baldosa y enganchar para el otro lado.</div>
<div>Ahora sí, me quedan algunos metros para avanzar y enfrentarme al arquero.</div>
<div>Pero cuando doy el paso que me permite cambiar de pierna y acomodarme, siento la patada de atrás y trastabillo, y la caída se vuelve inminente. Y ya lo veo todo como una película de triste final.</div>
<div>Van a cobrar tiro libre, el árbitro se va a hacer el desentendido y va a terminar el partido porque lo único que se puede patear en esos casos es un penal.</div>
<div>Y ahí, aunque todavía no la logre entender del todo, aunque sus palabras no suenen como mis propias palabras, aunque las sienta algo ajenas, me acuerdo de tu frase.</div>
<div>Y por primera vez desde que me la dijiste aquella tarde mientras regabas las plantas y silbabas un tango, sé que es hora de salir a lo más terrible de la batalla. Y bancar los balazos, o lo que sea que pueda derribarme.</div>
<div>Y me acuerdo de tu voz, de tu sentido del humor, de tus consejos que esconden verdades, de tus mates, de tus siestas, de tu caminata al caer el sol, con el changuito lleno de frutas y las manos llenas de senderos, de historias, de anhelos.</div>
<div>Me acuerdo que por más que quiera retenerte, de a poco te estás yendo, y no hay gol, ni campeonato, ni nada que pueda dejarte acá conmigo.</div>
<div>Pero todavía no te fuiste.</div>
<div>Y yo todavía no me caí.</div>
<div>Y el árbitro no cobró tiro libre aún.</div>
<div>Porque mientras me voy trastabillando, veo como el arquero se apura y me empieza a salir, y ahí sé que tengo que tirarme con la zurda, y darle como puedo con la punta del botín para que la pelota lo deje parado, viendo cómo le pasa el destino por al lado, y lo que hasta ahí era de ellos ahora se convierte en algo nuestro y hay euforia, hay grito, hay júbilo por todos lados.</div>
<div>Y yo, desde el piso, con la cara llena de tierra, giro para ver tu rostro y veo tu sonrisa, del otro lado del alambrado, mezclándose con las lágrimas que te secás con la mano derecha.</div>
<div>No sé bien cuánto tiempo pasó desde ese día.</div>
<div>A veces, cuando camino por la plaza que bordea el hospital, siento que estás por ahí, acomodando alguna ramita para usarla de palo.</div>
<div>O cuando me siento a mirar a los chicos que juegan en la cancha que da a Juan B. Justo, me pareciera verte dando tus pasos cortitos detrás del arco.</div>
<div>Aunque sé que no estás, yo te veo, y te escucho, y si me la veo negra, o me persigue la sombra de mis propios miedos, recuerdo los ecos de tu frase.</div>
<div>Y a pesar de estar trastabillando, levanto la vista para ver dónde está el arquero, y cuando él se confía y me sale a buscar, se la punteo antes de caerme y me dedico a observar cómo le pasa el destino por al lado.</div>
<div></div>
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		<title>Reencuentro</title>
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		<pubDate>Tue, 28 May 2013 13:51:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Cuscuela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Por alguna extraña razón pensaste que no nos íbamos a volver a ver. Te digo la verdad, no sé de dónde sacaste semejante idea.Y no es que sea rencoroso eh, te aseguro que no. Pero ¿qué querés que te diga? Yo en el fondo lo sabía.  ¿Viste cuando tenés la certeza que de alguna u otra... <a href="http://blogs.infobae.com/cuentos-cortos/2013/05/28/reencuentro/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Por alguna extraña razón pensaste que no nos íbamos a volver a ver. Te digo la verdad, no sé de dónde sacaste semejante idea.Y no es que sea rencoroso eh, te aseguro que no. Pero ¿qué querés que te diga? Yo en el fondo lo sabía. <span id="more-58"></span></p>
<div>¿Viste cuando tenés la certeza que de alguna u otra forma las cosas terminan colocándose en su justo lugar?</div>
<div>Bueno, eso me pasó a mí con vos.</div>
<div>Desde que te vi entrar pateando la puerta de casa, con esa impunidad y esa furia helada estallándote en la mirada. Desde que nos arrancaste del sueño a los dos, para meternos en una interminable pesadilla. Desde que tomaste a Mercedes de nuestra cama y le tapaste la cabeza con una funda negra. Desde que me arrastraste por el suelo pidiéndote que no le hicieras nada.</div>
<div>Pero no fue sólo ese momento en donde me cayó la ficha. Sin darte cuenta, todas tus decisiones se volvieron excesivamente simétricas con esta convicción que poco a poco me fue ganando la mente. Y mientras más me torturabas, mientras más intentabas sacarme información, mientras más te esforzabas en extraerme algo que jamás había sabido, más me convencía que te iba a volver a encontrar.</div>
<div>Me terminé de dar cuenta del todo, cuando la escuché llorar del otro lado del pasillo.</div>
<div>No sé si alguna vez te pasó.</div>
<div>No, lo más probable es que no.</div>
<div>Esa necesidad de abrazar a alguien que amás, en el momento en que más está sufriendo. Y yo no pude.</div>
<div>¿Qué vas a saber vos de eso? No tenés idea.</div>
<div>Lo importante es que ahí se acabaron todas las dudas y lo vi muy claro.</div>
<div>Vos y yo inevitablemente íbamos a tener el reencuentro que nos merecíamos. Y te incluyo porque vos también te lo merecés. Después de todo, sos un tipo de coraje, un tipo con los huevos bien puestos, de esos que gritan y se hacen respetar.</div>
<div>El único problema, ¿sabés cuál es?</div>
<div>Dejame que te explique.</div>
<div>Acá, donde estamos ahora, no te van a servir ni los gritos, ni el coraje, ni los huevos, que ya no creo que ni siquiera los tengas puestos.</div>
<div>Y toda esa parafernalia macabra sobre la que te sostenías, ya no existe, ya desapareció para siempre.</div>
<div>Es triste, ¿no?</div>
<div>Darte cuenta del vacío. Darte cuenta de que se terminó, de que no hay más que silencio.</div>
<div>Pero perdoname que te diga que para vos lo del silencio es por un rato. Porque primero va a ser como un zumbido, y vas a creer que te está fallando el tímpano. No te dejes llevar por la primera impresión. Después el zumbido se va a volver más poderoso y se va a multiplicar en muchos otros zumbidos. Hasta que después de mucho tiempo (te mentiría si te dijera cuánto porque acá el tema de los relojes no funciona demasiado) te vas a dar cuenta que los gritos no se van a ahogar. De verdad te digo, no se van a ahogar nunca.</div>
<div>No, pará, todavía no llores que falta que te cuente algo.</div>
<div>¿Ves esa luz que está allá?</div>
<div>Sí, esa. La que está en el medio de la habitación.</div>
<div>Bueno, ahora cuando yo me vaya, la voy a apagar. Así podés estar un rato a solas con vos mismo, quizás a oscuras se te aclaran las ideas. Ya sé. La ironía estuvo de más. Pero viste como es esto, a Mercedes le gusta mi sentido del humor, y con tal de que mi esposa esté feliz hago lo que sea.</div>
<div>Ahora sí, llorá tranquilo. Te dejo que tengo que ir a caminar un rato con ella.</div>
<div>No fue tan terrible después de todo. Te asustaste al pedo.</div>
<div>Aunque para serte sincero, creo que por tu cara esto recién está empezando.</div>
<div>Lo de los zumbidos digo.</div>
<div>Te iba a decir nos vemos. Pero no nos vamos a volver a ver.</div>
<div>Con ésta basta y sobra.</div>
<div>Me voy que Mercedes está afuera.</div>
<div>Que descanses sin paz.</div>
<div>Si podés.</div>
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