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	<title>#ProyectoPibeLector &#187; vejez</title>
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	<description>Proyecto pibe es un espacio de literatura juvenil, educación y aprendizaje</description>
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		<title>Búmeran</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Dec 2014 21:07:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adriana Lara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[PROYECTO PIBE LECTOR es un blog de FICCIÓN. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. 36. Búmeran &#160; Piiiiiiiiiiiippp (portero eléctrico) _¿Quién? _ ¿Está mi abuelo? _ No, vuelve a eso de las doce, está en el Hospital. Pasá. La chica le da un beso discreto a la señora que ayuda en la casa.... <a href="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/12/12/bumeran/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><span style="color: #000080"><strong><em>PROYECTO PIBE LECTOR es un blog de FICCIÓN. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.</em></strong></span></p>
<h2 style="text-align: center">36. Búmeran</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Piiiiiiiiiiiippp <em>(portero eléctrico)</em></p>
<p>_¿Quién?</p>
<p>_ ¿Está mi abuelo?</p>
<p>_ No, vuelve a eso de las doce, está en el Hospital. Pasá.</p>
<div id="attachment_466" class="wp-caption alignnone" style="width: 560px"><a href="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/files/2014/12/Ernest-Descals.jpg"><img class="size-full wp-image-466" alt="Ernest Descals" src="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/files/2014/12/Ernest-Descals.jpg" width="550" height="443" /></a><p class="wp-caption-text">Ernest Descals</p></div>
<p><span id="more-465"></span>La chica le da un beso discreto a la señora que ayuda en la casa. Se mete en la biblioteca, diciendo algo parecido a “lo espero ahí porque necesito algo para”. Viene porque no tuvo ganas de ir a la escuela, para sentir el olor de los libros viejos y para hablar por teléfono gratis. Cuando escucha el ruido del lavarropas, claro indicio de que la señora está lejos, se abalanza sobre el teléfono, marca un número y entabla una larga conversación que incluye cosas como:</p>
<p>_ ¡Mi mamá me compró el pantalón azul!</p>
<p>_ ¡Te queda divino!</p>
<p>_ ¿Cómo sabés? ¿Me estás viendo?</p>
<p>_ ¡No! ¡Pero me imagino!</p>
<p>A las doce menos diez, la señora le dice a la chica que se debe ir. Dice algo sobre dar de comer a su hijo antes de marcharse a otro lugar para trabajar. El abuelo no ha llegado, quizás tuvo problemas con el turno del hospital. La chica decide cortar la comunicación y salir. Piensa que llegará su abuelo y quiere verlo, pero sin tener que verlo. El sentimiento contradictorio es demasiado complicado para analizarlo. Manotea su coartada al azar: un libro cubierto de polvo. Se arrepiente de inmediato: al sacarlo queda el hueco en el estante de madera, decolorado por la mugre de incontables años. No hay tiempo para arreglarlo.</p>
<p>_ ¡Decile que lo esperé y me tuve que ir, que mañana vengo!</p>
<p>El tomo encuadernado pesa mucho dentro de la mochila rosada y hace calor. Al pasar por la plaza, la chica decide soltar el lastre. Piensa que es igualito a un montón de volúmenes de la biblioteca de su abuelo y que a quién le va a importar, si son todos iguales y el hombre ya está más cerca de morirse que de leer libros. La ocurrencia de la muerte próxima de su abuelo la estremece por un segundo: imagina al señor alto, formidable y flaco en un cajón, vestido de vampiro. “Consumido en semanas, fulminante”. Sacude su cabeza, en un gesto que le es cotidiano cuando quiere deshacerse de pensamientos complicados o desagradables. Se dirige a un chico alto y bello que está sentado en un banco, leyendo al sol, saca graciosamente (según ella) el libro de la mochila y le dice, imitando a su personaje favorito de animé:</p>
<p>_ Para vos.</p>
<p>El muchacho estaba leyendo unas fotocopias del CBC y considera que la chica es demasiado rosa y de secundaria como para sentirse halagado por el gesto. El mamotreto huele a vejez y a enfermedad. De repente el sol que le había parecido agradable le resulta insano. Con aprensión, deja el libro sobre el banco y se aleja del lugar.</p>
<p>(El estudiante intentará sin éxito, durante toda su vida, recordar el título del libro que abandonó despiadadamente sobre un banco de una plaza.)</p>
<p>La señora que atendió el portero eléctrico al principio de este relato aparece en la plaza luego y se sienta para tomar un poco de aire antes de seguir caminando. Lo hace en el banco donde está el libro. Tiene que correrlo para apoyar su cartera y sin querer lo tira al piso. Lo mira arrepentida, tan lindo, tan sobadito. “Perdoname, fue sin querer”, dice en voz alta. Lo abraza fuertemente contra su pecho mientras piensa en el calor, en el nene que quedó solo toda la mañana. Sólo le daría de almorzar y volvería al trabajo en la jornada dura que le esperaba. “Ya vendrán tiempos mejores”, piensa porque sí, sin pensar. Repentinamente angustiada, susurra: “Tranquilo, seguro tu dueño te está viniendo a buscar”. Deja el libro sobre el banco y corre hacia su casa.</p>
<p>Una paloma se posa sobre el libro. Un chiquilín que espía desde el balcón de un edificio cercano mira la escena y experimenta unas ganas intensas de dibujarla. Cuando termina el dibujo lo exhibe al aire, para que la paloma lo vea. El libro luce diferente sin el pájaro; el sol de mediodía ya no está para hacerlo refulgente y no se ve especial. “Nos dejaron solos a los dos”, piensa el chico, antes de comenzar un nuevo dibujo.</p>
<p>El abuelo de la chica del principio de este relato camina despacio. El médico le dijo que aprovechara el tiempo para hacer lo que no había hecho, para acomodar bienes, para darse los gustos. “Mientras todavía se sienta bien”. Se pregunta qué podría hacer que no hubiera hecho ya, qué sentido tendría “acomodar sus bienes”. Por primera vez en decenas de años, ve los edificios mientras camina y los mira. Observa el contorno de los árboles, la silueta de la estatua central de la plaza cercana a su casa. Un banco luce invitador; extrañamente hay un libro sobre él. Se sienta complacido y lo toma entre sus manos. En la portada lee con ojos viejos la dedicatoria de ese amigo tan querido, escrita en los tiempos de la universidad, de los sueños y el vozarrón soberbio. Despacito, perturbado ante lo insólito del hallazgo, pasa sus dedos largos y arrugados por la suavidad blanca de las letras impresas. En la página 98 está la pluma de paloma que guardó un día remoto, cuando todavía miraba el mundo con ojos despejados y las chicas le decían que sus poemas eran hermosos. Entre las páginas 110 y 111 está la carta de su primera novia, la que lo abandonó después de que perdieron el embarazo. ¿Cómo hubiera sido ese hijo? “Ya vendrán tiempos mejores”, decía siempre la chica. Lee el papelito con ternura, inundado de autocompasión. En la página 238 está el sobre con los dólares. Hay varias fotos. “Acomodar los bienes”, resuena en el aire. Las biblioteca como caja fuerte. Piensa en los libros que no escribió, en los premios que no ganó, en el amigo que perdió. No hay tiempo para arreglarlo. El chiquilín que dibuja la escena desde el balcón vecino le hace un gesto con la manito, que se parece a un saludo. “Los libros te arrancan del sopor que uno mismo ha creado para poder transcurrir la vida”, dice en voz alta, devolviendo el saludo del niño. “Cuando me muera, ni siquiera permaneceré en una página que valga la pena”. Piensa en la muerte y siente ganas de experimentarla, pero sin tener que morirse. Sacude su cabeza, en un gesto que le es cotidiano cuando quiere deshacerse de pensamientos complicados o desagradables, y comienza a leer.</p>
<p>El niño que dibujó la escena de la plaza, al rato, se duerme. Repetirá en sus cuadros infinidad de veces la imagen del hombre lector, que recordará por siempre. A pesar de las adversidades que sufrirá durante su niñez, será un pintor trascendental.</p>
<p>Ya es muy tarde cuando el hombre se pone de pie y continúa el camino, para devolver el libro a su lugar en la biblioteca y para volver a su casa. Quizás al día siguiente su nieta vaya a verlo, piensa. Tiene ganas de verla y, al mismo tiempo, no tiene ganas.</p>
<p>La señora atraviesa la plaza, minutos después. Pasa ante el banco solitario sin recordar el libro que atesoró sobre su pecho ese mediodía, ciega de cansancio y ansiedad. Una vez en su casa, besa a su niñito dormido. Sobre su cama encuentra el dibujo: un señor leyendo en un banco de una plaza, un sol con una sonrisa y un pájaro. “Búmeran”, escribió el chico, detrás de la hoja. La mujer no lo lee; rendida de cansancio, duerme.</p>
<p>El dibujo cae al piso. Al otro día, la mujer lo levantará y lo guardará cuidadosamente entre las páginas de un libro que elegirá al azar entre los tomos de la biblioteca del lugar donde trabaja, para poder contemplarlo cuando sienta ganas de ver a su hijito y no pueda verlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p><strong><em> </em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Esta Chica, la Renga del destornillador</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Sep 2014 18:32:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adriana Lara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[PROYECTO PIBE LECTOR es un blog de FICCIÓN. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. 24. Esta Chica, la Renga del destornillador A Esta Chica, con dieciséis años y varios capítulos de CSI como experiencia en criminalística, el plan le había parecido perfecto. Lo había soñado, pensado y repensado, imaginado, dibujado, ensayado ante un... <a href="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/09/19/esta-chica-la-renga-del-destornillador/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"><strong><em>PROYECTO PIBE LECTOR es un blog de FICCIÓN. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.</em></strong></span></p>
<h2 style="text-align: center">24. Esta Chica, la Renga del destornillador</h2>
<p style="text-align: left">A Esta Chica, con dieciséis años y varios capítulos de CSI como experiencia en criminalística, el plan le había parecido perfecto. Lo había soñado, pensado y repensado, imaginado, dibujado, ensayado ante un espejo y con una almohada. Le había buscado la quinta pata al gato, el pelo al huevo: era una genialidad. En la &#8220;Libreta-bitácora de planificación del asesinato&#8221; hallada entre sus objetos personales, en la primera página, se puede leer:</p>
<p style="text-align: left"> <i>. La vieja Casilda tiene más de noventa años, no tuvo hijos y vive sola en<span style="text-decoration: underline"> semejante casa</span>. </i></p>
<p><i>. Para qué va a necesitar una vieja <span style="text-decoration: underline">semejante casa</span>; en cualquier momento se muere y no tiene herederos. Sería un desperdicio. </i></p>
<p><i>.Esta vieja es de las que no se mueren nunca. No queda otra solución que<span style="text-decoration: underline"><b> apresurar las cosas</b></span> para poder ocuparle la casa. Nadie se va a dar cuenta porque hace años que casi ni sale y los vecinos que la conocían ya están muertos de viejos, como Dios manda.</i></p>
<div id="attachment_357" class="wp-caption alignnone" style="width: 545px"><a href="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/files/2014/09/La-Renga-del-destornillador.jpg"><img class="size-full wp-image-357" alt="&quot;La Renga del destornillador&quot; Proyecto Pibe Lector" src="http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/files/2014/09/La-Renga-del-destornillador.jpg" width="535" height="307" /></a><p class="wp-caption-text">&#8220;La Renga del destornillador&#8221; Proyecto Pibe Lector</p></div>
<p><i>  </i></p>
<p><span id="more-350"></span>A continuación, una ilustración indica el procedimiento para llevar a cabo el asesinato. Ésa era la parte del plan que más enorgullecía a Esta Chica, la ocurrencia que había elevado su concepción de sí misma hasta las nubes, lo que le había demostrado su propia y descollante inteligencia. Ayudaba a Casilda desde hacía siete meses, pero el arma asesina estaba oculta, esperando su momento, desde que había cumplido los doce años. Se le había ocurrido pegarse un destornillador a la pierna por miedo: era chiquita y se había quedado sola. Que alguien se atreviera, que alguien tuviera el atrevimiento. Esta Chica le había ensartado imaginariamente el destornillador en el cuerpo a cientos de personas durante cuatro años y se consideraba experta. Toda ella, un arma letal.</p>
<p>Además, la renguera falsa que le producía tener la herramienta adherida a la altura de la rodilla desde su niñez tenía sus ventajas.</p>
<p>Había conseguido así, sin más, trabajo en lo de Casilda. Todos los viejos le tenían lástima. Viajaba siempre sentada, en el tren o en el colectivo. Le regalaban cosas, la ayudaban. Una señora le llevaba comida caliente casi todas las noches, en invierno. Nadie sabía, nadie podía sospechar; ella era superior y si alguien se hiciera el vivo, ¡zas!, con un ademán preciso le hundiría el destornillador en el cuello y se sentaría tranquilamente para verlo desangrar. Si era un violador, ¡zas!, ahí se lo iba a clavar, ahí, para que recapacite y se acuerde. Ya iban a ver quién era ella, ninguna renga, ninguna inofensiva lisiadita.</p>
<p>A Casilda la pensaba asesinar ensartándole la herramienta en una arteria, para que no sufriera y se desangrara rápido. En el corazón le daba impresión. Había buscado en internet los sitios exactos y tenía todo planeado. ¿Qué podía salir mal? ¿Qué?</p>
<p>La cosa es que pasó lo que pasó porque la vida, cuando es perra, es perra.</p>
<p>Esta Chica viajó en el colectivo, como siempre, en el asiento reservado para personas con discapacidad. Al bajar, una chica amable la ayudó con los escalones y le dio un papel de color amarillo, al que ella no prestó atención porque era el gran día y confundió con una publicidad cualquiera. Para no ser descortés, lo guardó en el bolsillo de su campera. Llegó a la casa de Casilda, pensó por millonésima vez que por semejante casa valía la pena cargarse un muerto, abrió con su propia llave y, en el momento soñado, imaginado, calculado y perfecto, despegó de un tirón el destornillador, pegó un grito seco y se abalanzó sobre la vieja. Ésta (la vieja), levantó una mano férrea digna de los reflejos de un jugador de playstation, le sacó el destornillador en una milésima de segundo y se lo ensartó en la mano, dejándola clavada literalmente a la mesa de madera del comedor, sangrando como una descosida y gritando como una loca. Quién iba a pensarlo, ¿no?</p>
<p>Hoy le dan el alta a Esta Chica, la asesina fallida, la falsa renguita. Casilda sigue vivita  y coleando. A causa de la popularidad que ganó con el suceso (los periodistas la apodaron &#8220;la abuela ninja&#8221;), le aparecieron varios sobrinos nietos y amigos de toda la vida. A Esta Chica la bautizaron &#8220;La Renga del destornillador&#8221; y se hizo tan famosa como Casilda, pero a ella no le causó ninguna gracia. La &#8220;Libreta-bitácora de planificación de asesinato&#8221; fue publicada en la primera plana de los diarios más importantes del país, hecho que la consoló un poco. La comparaban con el Petiso Orejudo, decían que era una futura Yiya Murano. Pero nada de lo que leyó y escuchó en los medios tiene comparación con lo que va a leer en este preciso momento. A Esta Chica la espera un proceso judicial, porque está acusada de intento de homicidio agravado, y no sólo eso la espera: ahora se está poniendo la campera ayudada por una mujer policía, está metiendo la mano que le quedó sana en el bolsillo y topándose con el papel amarillo que le diera la muchacha en el colectivo aquella fatídica mañana de la ejecución del maltrecho plan. Sale el papel con la mano, Esta Chica lo despliega ante sus ojos y mientras lee siente que le flaquean las piernas, que se disuelve, que la bajan de un cachetazo del podio donde figura la gente lista e inteligente, que la vida se tiñe de color gris.</p>
<p>El papel amarillo dice esto:</p>
<p><i><b>&#8220;Esta Chica: </b></i></p>
<p><i><b>      ¿Te acordás de mí? Fuimos juntas a la primaria en Salta, y mi mamá me dio tu dirección cuando viajé a Buenos Aires, pero no te encontré fácil porque ya sabrás vos que tu casa está incendiada y tus papás se fueron andá a saber dónde. No sé cómo te la aguantaste tantos años, sos buena para rebuscártelas, por eso entiendo lo de que te hagas la renga y esas cosas. Te pregunto: ¿hacés eso para viajar gratís? ¿Es para que la gente te ayude? ¿Para que no te molesten y sean buenos con vos? Querida, no hace falta que finjas una cosa así. Además, todos en el colectivo y en el barrio saben que tenés un destornillador pegado con cinta a la pierna y que por eso andás como con pata de palo. Hasta la Casilda sabe, si hace chistes en el chino sobre eso y dice que un día la vas a querer matar. No te preocupes, sabemos que sos buena chica. No vamos a decir nada, nunca, si nos das mucha pena. La Casilda dice que cuando se muera te va a dejar de regalo su casa. Te la merecés, no seas tonta. Dejá de sentarte en el asiento de discapacitados con pollera que no sólo se ve el destornillador pegado en el espejo sino muchas otras cosas que para qué te voy a contar. </b></i></p>
<p><i><b>Llamame, te dejo mi teléfono anotado. Besos, nos estamos viendo.&#8221;</b></i></p>
<p>&#8220;Flor de boluda resulté, planeando asesinatos&#8221;, pensó Esta Chica. Eso fue lo último que pensó estando en libertad.</p>
<p>&nbsp;</p>
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