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	<title>#SoySolo &#187; amigo</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>La energía del amore</title>
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		<pubDate>Tue, 14 May 2013 13:45:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Muchos fines de semana recibo llamados de amigos desesperados que, aun estando en pareja, me piden salir conmigo a donde sea. A mí me sorprende un poco, porque son los mismos que, cuando estaban solteros, se quejaban de tener que verme la cara todos los viernes y sábados (los domingos están reservados para la familia, el fútbol y la depresión de las siete de la tarde). Y yo, como siempre estoy disponible, les digo que sí y, al instante, me transformo en su compañero de aventuras. Algunos mantienen su fidelidad a rajatabla, siguiendo el mandamiento tácito que han firmado con sus parejas, pero otros son, digamos… más flexibles. Sin embargo, algo de todos ellos me llama poderosamente la atención: por sus cuerpos circula la inagotable <em>“energía del amore”</em>.</p>
<p><span id="more-214"></span></p>
<p>La <em>“energía del amore”</em> (<em>“amore</em>” con<em> “e”</em>, porque suena más romántico) es una especie de halo de energía extracorpórea que rodea las humanidades de todos mis amigos con novias. ¿De qué trata? Bueno, básicamente esta fuerza mágica, de alguna manera que todavía no logré descubrir, los hace irresistibles frente a las mujeres. Es increíble, pero los vagos, cuando el compromiso parece haberles puesto un cinturón de castidad, se levantan a cualquier mina sin hacer el más mínimo esfuerzo. Mientras que nosotros los solteros, los que día tras día y noche tras noche nos esforzamos en dar lo mejor de nosotros para seducir a un integrante del sexo opuesto que nos atraiga (<em>“o la que venga”</em>, soy capaz de confesarte con un par de tequilazos encima que me noqueen la honestidad), no nos levantamos ni a la mañana. ¿Por qué sucede esto? Bueno, tengo un par de teorías.</p>
<p>La primera y principal es que cuando uno está en pareja se siente más seguro. Como que cuando estás con alguien ya sabés que una mujer te desea, y que si, por esas cuestiones locas del universo, un asteroide cayera sobre el planeta justo cuando vos y tu novia van en el último subte de la noche descubriendo al salir a la superficie que son los últimos seres humanos vivos que quedan sobre la faz de la Tierra… ya tenés a quién darle. Porque sentirse deseado da seguridad. Incluso, creo que da más seguridad que sentirse amado, puesto que el deseo corrompe, pero nos asegura la posibilidad de perpetuar la especie, de ser machos alfa con posibilidades de reproducción dentro de nuestra manada (a mí nunca me pasó), mientras que cuando el amor se cae, todo alrededor se cae (ah, ¿no es así? ¡Lo escuché en una canción!).</p>
<p>Por tal motivo, creo que ser deseado les da seguridad a mis amigos comprometidos, porque ya saben que pueden conquistar, ya lo han hecho, así que se mueven sin tener que simular ser más interesantes que lo que en realidad son (hete aquí el secreto de toda buena seducción). Y a las minas les encantan los hombres seguros de sí mismos, los que no simulan, los que dicen<em> “mirá, básicamente así soy yo. Si te va bien, y si no… ¡tengo novia!”</em>. Pero del otro lado estamos nosotros los solteros, aquellos que, agazapados entre las sombras de todos los boliches, bares, fiestas, reuniones, cumpleaños o colectivos, esperamos el momento en el que la inocente zebra se acerque a tomar agua al estanque para darle el tarascón.</p>
<p>Pero aquí viene mi segunda teoría. Así como el flaco con novia hace la suya, está tranquilo, se mueve seguro porque sabe que ya tiene algo, y a las minas les encanta que no les den bola, los solteros atacamos en manada, todos juntos contra una sola mina, nos chocamos entre nosotros como si fuésemos velociraptors tambaleantes por algunas botellas de birra media picada. Por eso, las novias de nuestros amigos nos odian, porque creen que nosotros los llevamos por el mal camino y que somos una mala influencia para ellos. Pero todo lo contrario: ¡lo único que queremos es conseguir pareja para salir de a cuatro! Y por eso terminamos dando lástima, porque cuando no estamos recubiertos por la <em>“energía del amore”</em>, las minas son capaces de oler nuestra desesperación.</p>
<p>Es que a medida que los desencuentros se suman y los encares fallidos nos golpean el ego, nos vamos creyendo que no tenemos un valor competitivo dentro del mercado del amor. Porque el pibe que está con una mina sabe que alguien apostó por él, mientras que nosotros nos vamos rebajando el precio, hasta inventar promociones de conquista que nos convierten en casi un outlet del amor. Por eso, en otra desesperada estrategia comercial para que compren dos al precio de uno, le pedí a mi amigo comprometido que me haga la segunda con una mina que estaba sobre la barra del bar, y luego de un par de sonrisas cómplices, la mina me hizo un gesto para que me acerque y, al oído, me preguntó…</p>
<p><em>“¿Cómo se llama tu amigo?”</em></p>
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		<title>Mentime que me gusta</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Dec 2012 11:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Yo no sé por qué, pero cuando uno se va de vacaciones, lejos de casa, siente cierta impunidad turística. Quizás sea porque tenés a tus viejos lejos y, de algún modo, te sentís más liberado o porque no conocés a nadie del lugar, pero uno termina animándose a hacer cosas que comúnmente no haría en su barrio. La cosa es que una noche estaba en un boliche y, junto a un amigo, decidimos hacernos los extranjeros, decidimos simular ser quienes no éramos, en fin, decidimos mentir para levantarnos chicas.</p>
<p><span id="more-75"></span></p>
<p>Encaramos a una rubia y a una morocha que estaban acompañadas por un flaco <em>friendzonizado</em> que había ido a bailar en malla, musculosa y ojotas (por eso lo de la impunidad turística). Con mi amigo nos sentamos cerca y empezamos a hablar en inglés (básicamente repetíamos frases de películas conocidas). Las minas, al toque, se interesaron en nuestro curioso modo de relacionarnos (mi amigo no se cansaba de repetir <em>“Are you talking to me?”</em>) y se acercaron a preguntarnos quiénes éramos, de dónde veníamos y que hacíamos. Nosotros improvisamos lo primero que se nos vino a la mente y terminamos diciéndoles que éramos dos jóvenes promesas actorales de Hollywood que habían caído en este remoto país del sur para desconectarse, un poco, de sus crecientes famas y fortunas. La verdad que mi amigo y yo estábamos disfrutando de la situación, moviéndonos con soltura, como <em>fish</em> en el <em>water</em>. Pero con el paso de los minutos, todo se empezó a complicar.</p>
<p>Ya de por sí, mi amigo no tiene un muy buen inglés que digamos, y sumado eso a las copas que veníamos ingiriendo desde temprano, su verba anglosajona paso a ser casi guaraní. Yo, como ya no entendía lo que salía de su boca (salvo la baba), les dije a las chicas que era oriundo de otro estado y que por eso tenía esa tonada tan sofisticada, como la de un santiagueño de Massachusetts. Las minas estaban re copadas igual, pero el flaco que las acompañaba me golpeaba con la rodilla por lo bajo y me decía: <em>“Dale, chabón. Terminala con este chamuyo, dejate de joder”</em>. Y ahí me di cuenta que la situación se había puesto realmente heavy, porque si dejaba de hacerme el yanqui mi vida correría serio peligro.</p>
<p>Nos quedamos unos minutos más hablando y salimos rajando (al final de la noche mi coequiper se había vuelto irreversiblemente ininteligible para la rubia), pero lo bueno es que cuando volví de las vacaciones salí a tomar algo con la morocha. La verdad es que ya no podía sostener mucho más la situación (ya estaba apelando a frases de películas depres de domingo a las siete de la tarde), así que apenas nos vimos le conté toda la verdad. Pero cuando terminé de confesarle que no era ninguna estrella de Hollywood, sino un simulador nocturno de poca monta, la morocha se levantó de la mesa y me gritó: <em>“Mi hermana tenía razón… ¡Sos un mentiroso!”</em>, y se fue ofendida hasta la barra donde la esperaba otra morena idéntica a ella y el tipo que me tiraba pataditas por debajo de la mesa. Las mellis y el flaco se fueron del bar y esa noche, en vez de una estrella, me sentí un estrellado al que le habían mentido como a un niño con los reyes magos (sobre Papá Noel todavía tengo mis dudas).</p>
<p>Lo que pasa es que cuando uno comienza a mentir, la mentira empieza a crecer. Y para que esa mentira adolescente se vuelva adulta, uno debe mentir más. Así la mentira se va haciendo cada vez más y más grande, hasta que se transforma en esa bola gigante que persigue a Indiana Jones y que te puede aplastar con todo su peso si no la detenés o la esquivas a tiempo. Cuando le terminé de contar todo esto a la rubia y a mi amigo, ella me dijo que había hecho lo correcto, que lo principal era ser cien por ciento sincero con la persona que tenés a tu lado, que era una lástima que ni su amiga morocha ni su hermana melliza hubieran querido nada conmigo, pero que no me deprimiera porque estaba segura que la chica de mis sueños pronto iba a llegar. Los dos se levantaron de la mesa del café y salieron pero, después de pedirle <em>“one minute, honey”</em> a su nueva novia, el sinvergüenza de mi amigo volvió hacia mí, me miró a punto de estallar de risa y me dijo…</p>
<p>…<em>“Hasta la vista, baby”</em>.</p>
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