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	<title>#SoySolo &#187; final</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Hasta siempre. Hasta mañana.</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Oct 2013 12:27:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A quien corresponda:</p>
<p>Te escribo esta carta sin dirección en el sobre. Es que todavía no sé dónde vivís. Disculpá si no entendés el idioma porque, quién sabe, quizás ni hables español. Por ahí tu lengua es anglosajona, escribís con ideogramas, o quizás hasta ni sepas de qué planeta vienen estos signos extraños. No importa, no me preocupa. Estoy seguro que si sos vos la que estoy buscando nos vamos a entender con una simple mirada, incluso con el mismo silencio.</p>
<p>Perdoname que no te la entregue en mano. Es que todavía no sé cómo te ves. Te pararía por la calle, te sonreiría y, evitando cualquier gesto que corra el peligro de ser malinterpretado, me tomaría el atrevimiento de regalarte esta epístola personalmente. Si me preguntás, te digo que sos rubia de ojos celestes, aunque colorada con pecas y ojos verdes no te voy a decir que no. Tampoco me niego a una melena azabache o castaña acompañada de un buen par de ojos marrones. Te sonará extraño, pero pelada y con esa iris que cambia de color según el estado del tiempo te querría igual.</p>
<p>Espero que no tomes este acto de escribirte como un signo de cobardía. Yo sé que hablando se entiende la gente, pero no sería la primera vez que me pasa que al verte no me salen las palabras. Es que no sabés lo que siento adentro cuando estoy frente a vos. Es como un fuego acá adentro que no puedo controlar. El corazón me late a mil, el cerebro me manda cualquier señal. Me pongo algo tosco, tartamudeo, transpiro. Es muy fuerte. Ojalá que te pase lo mismo el día que estés frente a mí.</p>
<p>Este es el final de una historia, o el principio de otra. Aún no lo sé, pero estoy seguro que quiero descubrirlo. Siempre me rompe la cabeza pensar lo trascendental que es el amor. Nos hace elegir a una persona para que esté a nuestro lado. Una, de todas las que hay (y eso que somos bocha). Después eso puede cambiar, es verdad. Darse cuenta que no era la indicada duele mucho. Es que el precio que se paga por el desengaño es la tristeza. Qué le vas a hacer. Igual de todo se aprende. ¿Pero viste la plenitud que se siente cuando sentís que es? Uf… me encantaría vivir en ese estado todo el tiempo que pudiera.</p>
<p>Yo también pensé que después de una despedida jamás me iba a volver a enamorar, que nada iba a volver a ser como antes. Un poco de razón tenía. El nuevo amor nunca es igual al anterior. A veces es menos efusivo, menos apasionado, menos volador de peluca, pero a veces es mucho más que eso también. Si hay algo que me quedó de todo este loco asunto medio mágico que se da entre dos personas que se encuentran para toda la vida es que esta fuerza sobrevive al paso del tiempo, a las distancias e, incluso, a las personas. Amar siempre, absolutamente siempre, es posible. No te olvides de eso.</p>
<p>De todos modos, déjame aclararte de antemano que no soy perfecto. Eso está a la vista, pensarás, pero no, también tengo imperfecciones secretas que escondo bastante bien. Igual todos las tenemos. Hasta vos inclusive. Sí, aunque suene poco caballero te las veo desde acá nomás, sin conocerte siquiera. Pero te doy mi palabra de que voy a ayudarte a mejorar, a crecer, a ser feliz. Es que el amor no es un bien para atesorar. La cosa es abrirse, bajar el escudo, entregarse entero aunque el miedo de que te hagan pedazos te amenace todo el tiempo. Eso sí, yo lo hago con una condición: que vos también te entregues entera a mí para hacerme feliz.</p>
<p>Como no me gustan las despedidas (sobre todo si son el preámbulo de un nuevo comienzo), quiero decirte que, desde ya, será un gusto conocerte. Espero que no nos gane la ansiedad (aunque no queramos verlo ese encuentro puede darse o no, lo importante es no perder las esperanzas). Y si en el camino elegís y te equivocas, no te preocupes. De esto se trata la vida: de curar mil heridas y de volverse a lastimar.</p>
<p>Yo no creo que estemos solos, estamos perdidos, nomás. Con un poco de suerte quizás nos encontremos. Así que mejor aprovechemos la oportunidad de estar juntos que no hay peor pobreza que la soledad.</p>
<p>Hasta siempre.<br />
Hasta mañana.</p>
<p style="text-align: right">Yo</p>
<p>P.D.: Ah, una cosa. No pidas <em>“más amor, por favor”</em>. El amor no se mendiga.</p>
<p>Ahora sí…</p>
<p style="text-align: center">Chau #SoySolo.<br />
Hola #SoyYo.<br />
FIN</p>
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		<title>Cruzar el Rubicón</title>
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		<pubDate>Tue, 07 May 2013 12:32:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Algunas veces tomamos decisiones irreversibles en nuestras vidas, pero al instante dudamos en ser tan determinantes. Yo creo que es porque lo irreversible parece ser contra natura. ¿Cómo admitir que no exista posibilidad de arrepentimiento? ¿Quién puede ser capaz de no permitirnos una contradicción? Nosotros mismos. Yo, vos, él, ellos, nosotros, somos los jueces más... <a href="http://blogs.infobae.com/soy-solo/2013/05/07/cruzar-el-rubicon/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Algunas veces tomamos decisiones irreversibles en nuestras vidas, pero al instante dudamos en ser tan determinantes. Yo creo que es porque lo irreversible parece ser contra natura. ¿Cómo admitir que no exista posibilidad de arrepentimiento? ¿Quién puede ser capaz de no permitirnos una contradicción? Nosotros mismos. Yo, vos, él, ellos, nosotros, somos los jueces más feroces, los únicos capaces de sentenciar una persona al olvido, a morir en vida. Y es en aquel preciso momento en que uno percibe que acaba de tomar un camino que no podrá ser corregido nunca más en donde se pregunta: ¿habré hecho bien?</p>
<p><span id="more-208"></span></p>
<p>Todos fuimos rechazados y rechazadores. Todos decidimos por sobre la voluntad de la otredad alguna vez en nuestras vidas. Y nos sentimos injustos. En algún momento (podría apostarlo) todos dudamos en saber si estábamos haciendo la elección correcta. Yo alguna vez me quedé pensando si, realmente, no me esperaba una vida de felicidad eterna si decidía darle el escaso cariño que me exigía aquella chica que no me gustaba. Me sentí una basura (lo confieso). Llegué incluso a pensar que no merecía aquel cariño sincero, desesperado, porfiado, desgarrador. Fui gentil a la hora de negarme al regalo azaroso de encontrar un corazón que latía por mí. Lo creí inimputable, porque a mí me pasó también de amar ciegamente, sin cordura, incluso, sin justificación.</p>
<p>Yo también amé a quien no me amaba. Pero con el paso de las cicatrices, la piel se pone dura y uno comienza a evaluar de un modo cada vez más mercantilista el toma y daca del amor. No lo digo con rencor, ¿pero acaso se siente justo entregarse entero a quien no lo hace con nosotros? Creo que alguna vez jugamos ese partido y (¡puta suerte!) salimos lastimados, siendo sustituido por un jugador, muchas veces, con menos luces y entrega, pero con más banca. Sin embargo, la fortaleza de nuestra armadura, algunas noches de insomnio y soledad se ablanda. Y es entonces cuando en el diario íntimo de nuestra vida nos ponemos a pensar en las crueles ucronías del qué hubiera pasado si…</p>
<p>Una vez amé a una chica con la que me divertía mucho. La deseaba ardientemente, con locura, soñaba con ese encuentro en el que dos cuerpos se funden en uno. Fantaseaba de día y de noche con aquella cuenta pendiente de nuestra relación. Muchos me habían dicho que de pagarse esa deuda, el tambor que me sonaba en el pecho cada vez que la veía, iba a enmudecerse poco a poco, hasta extinguirse en un silencio frío y fatal. Quisieron nuestras vidas que aquella historia de pasión jamás se concretase, que quedara en un proyecto encarpetado en nuestros haberes amatorios. Fuimos fuego. Un fuego que jamás se apagó.</p>
<p>Durante mucho tiempo evoqué sus recuerdos, hasta que finalmente me di por vencido y decidí que era hora de borrarla de mi vida. Acepté, a regañadientes, que un final había sido escrito con lágrimas indelebles. Pero, inconscientemente, mi cerebro, mi cuerpo, mi sangre, mi corazón, la seguían reclamando muchas noches. Una vez por mes, como mínimo, la soñaba. Pero no volvían a mi imaginación aquellas piruetas carnales que me habían desvelado noches enteras. No, me volvían sus sonrisas, sus chistes, nuestros juegos, nuestra complicidad, con formas de recuerdos que sembraban dolor, que me hacían imposible vivir un presente feliz condenado a la tristeza por el peso muerto de la melancolía. Algo tenía que hacer.</p>
<p>Consulté a las musas y me aconsejaron que lo mejor que podía hacer era sacarme aquel peso de encima. Porque, casi de manera involuntaria, me di cuenta que jamás le había dicho lo que realmente aún me ataba a ella. Tenía que cruzar el Rubicón. Tenía que echar la suerte de una vez y para siempre sin saber cuál sería el resultado final, pero aceptando que al dar aquel paso adelante, jamás podría volver a dar uno atrás. Sabía que el riesgo no daba espacio para arrepentimientos. Sabía que no habría segundas oportunidades, ni correcciones, ni retornos, ni enmiendas. Tomé coraje (el que pude frente a la única persona que me hacía temblar) y le dije:</p>
<p><em>“Lo que más extraño es cómo nos divertíamos juntos”.</em></p>
<p>Y, desde aquella vez, no volví a soñar nunca más con ella.</p>
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