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	<title>#SoySolo &#187; hombres</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Amores facturados</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Feb 2013 12:19:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No entiendo cómo un tipo puede levantarse una mina en un boliche. Yo la verdad que no tengo idea cómo comportarme en esos lugares. A la gente le grito en el oído por la música al mango, me da asco todo el mundo bailando chivado, me tropiezo a cada rato por la ropa y las carteras que dejan en el piso, paso vergüenza con mi escueta y humilde humanidad al lado de enormes patovas, me angustia ver tipos que se duermen en un rincón o están quietos y en silencio con un trago en la mano durante toda la noche, me cruzo con flacos en musculosa, bermudas y ojotas, todo es muy raro.</p>
<p><span id="more-133"></span></p>
<p>Yo no voy mucho a boliches. Ojo, no tengo nada contra ellos. Es más, cuando voy soy, seguramente, uno de los tipos que más bailan y hacen bailar. Me gusta eso de reunirse en un lugar para mover las cachas, pero no creo estar preparado para poder conquistar a nadie en ese ámbito. Siento que no soy capaz de manejar esos códigos, como que no me encuentro cómodo en esos lugares. Por eso siempre me pasa lo mismo, en vez de encarar a todas las chicas (tengo un amigo que se para en la puerta del baño de damas y se intenta chamuyar a todas las minas que salen y entran apuradas del toilette) yo me obsesiono con una, con esa que, para mí y solo para mí, es distinta a todas las demás. Con ella, que le da un sentido a todo ese cóctel sensorial lleno de luces, ruido y calor. Y, a veces, muy pocas veces, pasa que ella también se fija en mí.</p>
<p>Poco a poco fingí que la cadencia de la música, que el vaivén de mis caderas me conducía involuntariamente a su lado. Le pedí perdón por haberla golpeado con mis turgentes nalgas (esto de que me guste bailar me trajo algunas ventajas físicas) e intenté comenzar a hablar con ella. Sin embargo, por mis confesadas dificultades de socializar dentro de un boliche bailable, al instante supe que todo el asunto se trataba de una misión (casi) imposible. Así que opté por convertir mi error en uno de esos atrevimientos que rompen el hielo: a falta de una buena charla introductoria, la saqué a bailar.</p>
<p>La chica aceptó gustosamente. Yo no lo podía creer. Era una de las mujeres más lindas del boliche (no lo decía yo, sino todos mis amigos que no podían creer la muñeca de porcelana articulada que meneaba junto a mí). Todo iba extraordinariamente bien, así que, sin mediar palabra, le hice un gesto para que me esperase y ella me sonrió afirmando con la cabeza. Entonces, me acerqué a la barra y, previa pregunta al barman si me hacían algún tipo de descuento con la tarjeta del banco porque la noche me estaba saliendo un ojo de la cara, compré un shampú de los más caros y horribles para compartir con ella. Con eso la tenía que matar. Pero cuando me di vuelta vi a un flaco que se la estaba chamuyando.</p>
<p>Se ve que el tipo sí sabía cómo llegarle a una mina en medio de todo ese barullo. Cuando aparecí yo con ese regalo, la chica tomó una de mis copas y brindó conmigo dándole la espalda a su otro pretendiente. La tenía ahí. Pero el flaco reapareció a los cinco minutos con dos botellas de un champagne más caro y aún más horrible del que yo había podido comprar con mi caja de ahorro en pesos devaluados. Entonces, volví corriendo a la barra y me fumé todo el aguinaldo con una botella de un líquido vomitivo y caro como él solo. No sé que era, pero por el precio se trataba de jugo de oro o algo así. Prendieron una sirena en el lugar y una moza en rollers me llevó la botella en un balde de plata con dos copas de cristal a la mesa de esta piba que me miraba como si fuera el amor de su vida. Yo no lo podía creer. Me di cuenta que el fuego estaba listo, que era hora de tirar toda la carne al asador. Le serví una copa de esa porquería que me iba a dejar viviendo abajo de un puente, y, acercándome sugestivamente a su oreja para que me escuche bien, le grité al oído: <em>“¿Me pasás tu número?”</em>. Ella me miró, me volvió a sonreír con esos dientes brillantes como perlas y, afirmando con la cabeza, me dijo: <em>“Sí, tomá”</em>, y me entregó su tarjeta para contrataciones.</p>
<p>Y así fue como aprendí lo que era trabajar de “presencia” en un boliche.</p>
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		<title>Consejos para conquistar</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jan 2013 13:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Casi siempre, cuando me propongo conquistar una chica, termino empleando la táctica de seducción equivocada. A veces pienso que debería evaluar mis propias fortalezas personales, tener en claro cuáles son mis oportunidades de conquista, aceptar mis debilidades amatorias y estar atento a las amenazas que presenta mi próxima víctima (los buitres de mis amigos) para elaborar una estrategia de conquista… y hacer absolutamente todo lo contrario a lo que creo que debo hacer. Por eso, termino empleando uno de los recursos más confusos y desgastantes en el que un hombre puede caer a la hora de levantarse una mina que no conoce: pedir consejos a los demás.</p>
<p><span id="more-128"></span></p>
<p>Una vez fui a una fiesta en la que un par de amigos y conocidos querían presentarme una chica. Ya, de por sí, es rara la situación de que te “presenten” a alguien (es como cuando, de chiquito, agarraba dos gatitos de la calle y los apretaba uno con otro pensando que así iban a tener hijitos). Como que te fuerzan a hacer algo que no es natural. Es como un ring de box, un escenario con público que te mira (o hace que no te mira pero te está fichando a full) a ver qué movimiento haces, qué le decís a esa otra persona que está ahí como esperando que la sorprendas. Es horrible que te presenten. Yo, para la próxima, me hago un Currículum Vitae Amatorio y, cuando me hagan el entre con una mina (que es la que a mis amigos les gustaría ver conmigo ignorando completamente las características que yo busco en una mujer) se lo doy y le digo: <em>“Leelo tranquila. Cualquier cosa me llamás la semana que viene para una segunda entrevista, ¿sí?”</em>.</p>
<p>Cuando llegué ella estaba ahí, sola, en la punta más alejada de la terraza, aferrada a un vaso de cerveza, seguramente expectante de encontrar en mí todas esas virtudes falsas que nuestros contactos en común le habían prometido que yo tenía. Y del otro lado estaba yo, con un vaso de Coca en la mano sin fernet (cero código el chabón) para mantener la sobriedad, deseando que el azar hiciera coincidir mi ser real con aquel personaje que le habían vendido que yo era, estudiándola de arriba abajo como una jirafa que esconde su cabeza entre las ramas de un árbol de la sabana africana esperando el momento oportuno para ¡zas!, tragarse de un bocado uno de esos chimpancé que andan colgándose por ahí (¿ah, no? ¿Las jirafas no hacen eso?).</p>
<p>La cosa es que lo primero que se me ocurrió fue hablar con la hermana. La piba, que la conocía desde que nació, más o menos, me dio un montón de info acerca de sus gustos e intereses. Sin embargo, me advirtió que había un peligro al acecho: <em>“Le gusta que la busquen mucho, así que, si te bancás el histeriqueo, es toda tuya”</em>. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que iba a tener que intentar hablar con ella muchas veces hasta que finalmente me permitiera bucear por su vida privada? ¿Que su primera respuesta iba a ser <em>“no”</em> y que el <em>“sí”</em> vendría en cuenta gotas? ¿Que iba a rechazarme un número determinado de veces hasta que, luego de una cuota de desgaste e insistencia ya prefijada de antemano por ella pero desconocida para mí hasta entonces, accedería a mis solicitudes de contacto interpersonal?</p>
<p>Como no me terminó de convencer la familia directa, me acerqué con uno de sus amigos más cercanos. Después de prepararle un fernet bien picante (para entrar en confianza rápido y aflojarle un poco la lengua) lo encaré y le pregunté qué tipo de hombres le gustaban a su compinche. Resulta que el tipo parecería haberme estudiado de pies a cabeza, buscar todos mis antónimos y construir con ellos el supuesto hombre ideal que su cómplice deseaba que conquiste su corazón. O sea que yo representaba algo así como la papelera de reciclaje de todos sus gustos. No tenía la altura, ni el color de piel, ni los rasgos que buscaba en un hombre. Mucho menos coincidía el tipo de humor que practico, la filosofía de vida que profeso, ni las aspiraciones que me movilizan.</p>
<p>Golpeado en mi autoestima con profunda severidad, tiré un manotazo de ahogado y me lo llevé al ex, que aún rondaba el aire como un buitre esperando que su presa malherida se entregara a su destino fatal de carroña, a un rincón de la celebración y entre pitos y maracas le pregunté qué había hecho para enamorarla. El flaco me dio una serie de consejos atroces sobre cómo se manejan las relaciones humanas modernas. Me dijo que a las mujeres había que tratarlas de tal manera, que los hombres debíamos ser de tal otra, que todo lo que importaba en esta vida era sarasa y no sé cuántas paparruchadas más que florecían exactamente en el opuesto punto cardinal de mi existencia.</p>
<p>Así que, como aquel boxeador noqueado que trata de aferrarse a las cuerdas con su último vestigio de fuerza antes de caer inexorablemente a una lona que lo condenará para siempre a un destino de soledad y dolor, me alejé desfallecido de ese cuadrilátero del desencuentro, de esa hermana que me exigía hacer cosas que no quiero, de ese amigo que pretendía que me convirtiese en alguien que no soy, y de un ex novio que me aconsejaba cambiar la esencia de lo que me hace sobrevivir en este mundo. Me fui del lugar, volví a mi casa y, abrumado de tantos golpes por debajo del cinturón, me derrumbé sobre la cama deseando que aquella noche terminase, que aquel deseo de conquista se fugase de mi mente, que mi alma regresase a este cuerpo fuera de combate sumido en la más profunda de las depresiones.</p>
<p>Y al día siguiente me contaron que, cuando me fui, la mina preguntó por mí.</p>
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		<title>Yo no soy tu ex</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2013 13:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Todos tenemos un pasado, alguna historia irresuelta, un <em>tomuer</em> en el placard. La vida es así, nos cruza con diversas personas que están en diferentes momentos y que, lamentablemente, muchas veces son incompatibles con nosotros. No hay muchas más vueltas que darle al asunto. Yo, a veces, me río de mi voluntad de tratar de encontrarle inútilmente explicaciones racionales a los desencuentros amorosos. No, macho, no funca eso. Cuando la cosa viene fulera hay que bancársela y seguir. Pero hay cosas que me fastidian, y una de ellas es cuando me cargan con mochilas pesadas de un pasado que jamás viví, de alguien que nunca fui, de cosas que en ningún momento dije. Así que antes de que vos y yo hablemos por primera vez, dejame dejártelo bien clarito: yo no soy tu ex.</p>
<p><span id="more-122"></span></p>
<p>Una vez me pasó que empecé a hablar con una bomba sexual. Uno de esos minones que descogotan tipos cuando caminan por Florida. Para mí, era un toque raro que me diera cabida, pero ella me decía que le interesaba hablar conmigo porque, según ella, <em>“ya no existen hombres interesantes”</em>, que todos se acercaban a ella por su cuerpo. Yo le dije una frase re original: <em>“Los hombres son todos iguales”</em>, y ella después me contestó algo que ni registré porque me había quedado colgado mirando un book de fotos que se había hecho. La verdad, es que la mina estaba decididamente buena pero no tenía ninguna dote artísticas ni de modelaje o algo así que justificase ese catálogo carnal, por lo cual, me costaba un poco entender por qué razón había invertido en una cosa así, un álbum lleno de imágenes de ella hermosa posando sugestivamente de diferentes maneras. Aunque la verdad, no voy a negarlo, su inversión era un festín para los ojos, porque cada ángulo la mostraba sexy y con poca ropa, bien iluminada, maquillada, una belleza.</p>
<p>Ya desde que nos conocimos empecé a notar algo raro, como cierta inseguridad de su parte. A pesar de que todo el mundo le decía que era linda, ella parecía necesitar reafirmarlo todo el tiempo. Un día nos encontramos en un boliche al que había caído muy tarde con unos amigos. El lugar estaba repleto de gente, el calor era agobiante y ya todos estábamos medios fastidiosos. La cosa es que soporté quince minutos nada más. La vi, la saludé y me fui agotado y estresado como si hubiera corrido una maratón con mi jefe a cococha. Cuando estaba en el bondi, ya con el sol asomando y mostrando los verdaderos rostros que esconden los maquillajes nocturnos, me llegó un mensaje de ella preguntándome si me pasaba algo, que se había quedado mal porque me vio irme medio sacado del boliche. Entonces, ahí sentí que había llegado el momento de apretar las clavijas y dar un paso clave para el futuro de nuestra relación.</p>
<p>Para quitarle tensión al asunto (porque, aunque no quisiese, me la estaba por jugar) opté por descomprimir con un toque de humor diciéndole que le pregunte a la chica del book si quería salir conmigo. Y ahí no sé qué pasó, qué cortocircuito se activó en su mente, que rumba-samba-mambo se le cruzó por la cabeza, pero resultó ser que a mi inocente broma le siguió una catarata de insultos hacia mi persona. Me dijo que al final, yo también era igual a todos los hombres, que la trataba como una cosa, que no había entendido nada. Y fue ahí que, luego de releer mil veces mi mensaje tratando de buscar algún atisbo de crueldad, me di cuenta que el problema no había sido mi supuesta falta de respeto a su integridad como ser humano, sino que todo se trataba de una transferencia: me había transformado en aquel hombre que le había faltado el respeto por primera vez, aquel tipo que la había dejado malherida para siempre, en fin, me había transformado en su ex.</p>
<p>Yo no soy tu ex. Así que, por favor, hacé borrón y cuenta nueva conmigo. No me hagas cargo de miserias ajenas, de bajezas que no me pertenecen, de defectos que no son míos. Ojo, con esto no te estoy diciendo que yo sea mejor que tu ex. Es más, existen grandes chances de que tu ex aún siga siendo una mejor opción que yo (tenía más pelo, seguro). Pero te aviso esto para que no me vengas con prejuicios que no me corresponden. Si tu ex tenía problemitas, eran los problemitas de tu ex. Yo tengo otros distintos, pero que son cien por ciento de mi autoría. No creas que tengo segundas intenciones con vos, no te confundas…</p>
<p>…esas son mis primeras.</p>
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		<title>Desesperado por amor</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Dec 2012 12:37:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mamá, papá, apaguen la computadora. Vos, mamá, dejá de chusmearme el Facebook creyendo que cada mina que “megustea” uno de mis comentarios va a ser tu futura nuera. Y vos, papá, dejá de buscar avisos clasificados en Internet, moviendo el mouse como si fueras un Neanderthal tratando de hacer fuego con dos palitos. Ya está,... <a href="http://blogs.infobae.com/soy-solo/2012/12/31/desesperado-por-amor/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mamá, papá, apaguen la computadora. Vos, mamá, dejá de chusmearme el Facebook creyendo que cada mina que <em>“megustea”</em> uno de mis comentarios va a ser tu futura nuera. Y vos, papá, dejá de buscar avisos clasificados en Internet, moviendo el mouse como si fueras un Neanderthal tratando de hacer fuego con dos palitos. Ya está, no doy más. Llegó la hora de confesar lo inconfesable: voy a contarles las cosas que fui capaz de hacer las veces que estuve desesperado por amor.</p>
<p><span id="more-93"></span></p>
<p>Yo le mandé un mensaje de texto absolutamente vacío a la madrugada. Porque creí que esa vacuidad existencial la iba a hacer pensar en lo que habíamos perdido. Que ella iba a recordar todos los momentos que vivimos juntos. Que me iba a contestar que le pasaba lo mismo que a mí, que se arrepentía de todo lo malo, que quería volver a empezar. Pero no, ni un emoticón careta me respondió.</p>
<p>Yo publiqué cualquier gilada en el muro cuando la vi online. Porque quería que ella supiese que estaba conectado y disponible para hablar de lo mil veces hablado. Porque dije paparruchadas sobre el clima, compartí frases de gente famosa que nunca dijeron, fotos de gatitos y perritos hechos percha en adopción, hasta le mandé <em>“sin querer”</em> una solicitud de uno de esos jueguitos horribles que no te dejan ver las noticias importantes para llamarle la atención. Pero no, ni un <em>“me gusta”</em> falto de compromiso me encajó.</p>
<p>Yo la miré fijo en el boliche durante toda la noche. Porque creí que mi mirada penetrante la iba a transportar a un lugar mágico sólo para los dos. Porque esperaba que me hiciese un mínimo gesto para que yo entendiese que era hora de arrancarla porque tenía chances con ella. Porque si en ese momento hubiese podido llevar uno de esos cartelitos lumínicos de los taxis que dicen <em>“Libre”</em>, te juro que me lo colgaba de la frente. Pero no, paró un bondi.</p>
<p>Yo le stalkeé el perfil todos los días durante una obsesiva cantidad de tiempo. Porque quería saber si estaba con alguien, cómo pensaba, qué decía, que música escuchaba, qué cosas le gustaban, con cuántas faltas de ortografía escribía, quienes eran sus amigos, cuántas fotos tenía, a qué eventos asistía, qué cosas compartía, cuántas entradas publicaba, quién era ella en este universo digital. Pero no, siempre terminaba siendo una persona distinta a la que yo creía conocer.</p>
<p>Yo aparecí <em>“de casualidad”</em> cerca de su casa. Porque intentaba cruzarme con ella para que al verme se diese cuenta que yo era el hombre que quería para su vida. Porque soñaba que pensase que de las siete mil millones de opciones que existen en el planeta, yo era la indicada para ella, ni un nigeriano, ni un francés, ni un mexicano, yo, el pelado ese que pasaba por su casa que le quedaba de paso para llegar a un destino que no era otro que su corazón. Pero no, al verme cruzó de vereda.</p>
<p>Yo me hice el sensible para tenerla cerca. Porque cada vez que me invitaba a su casa a tomar la leche para contarme sus desengaños amorosos, secretamente, yo esperaba que ella me pidiese que la hiciese sentir como ese gil de turno nunca había logrado hacerla sentir. Porque me mordía los codos para mantener mi caballerosidad cuando me describía, con lujo de detalles, lo miserable que era su nuevo novio. Pero no, siempre aparecía un flaco nuevo a su lado aún más miserable que el anterior.</p>
<p>Yo la acompañé hasta la puerta de su casa a la noche fingiendo querer protegerla. Porque pensaba que al estar a solas con ella no me iba a ver más como ese compañerito de colegio que le pasaba la tarea para que no se atrasase. Porque fantaseaba con que ese abrazo de fin de año que nos dábamos durase trescientos sesenta y cinco días más mientras, por adentro, quería morderle el cuello como un monstruo sediento de sangre. Pero no, nunca me vio como una opción, siempre como su mejor amigo.</p>
<p>Yo la llamé a la madrugada y no le hablé. Porque creía que mi respiración copiosa y agitada, del otro lado del teléfono, le iba a indicar que a alguien le faltaba el aliento cada vez que estaba cerca de ella. Porque no encontraba las palabras necesarias para decirle lo mucho que la amaba, todo lo que sería capaz de hacer para verla feliz. Porque esperaba que ella me preguntase: <em>“¿Sos vos?”</em> y yo ahí entendiese que ella también estaba esperando ese llamado. Pero no, hizo una denuncia en la comisaría del barrio.</p>
<p>¿Y por qué hice todo esto? Porque creo que el amor es la fuerza más poderosa del universo. Porque estoy convencido que es el principio y el final de todo. Porque siento que es el motor de la existencia humana. Porque es lo que le da sentido a mi vida. Porque es lo que quiero compartir con ella que aún no tiene ni cara ni cuerpo ni nombre, pero sé que está ahí, perdida entre la confusión de no saber dónde carajos nos vamos a encontrar. Y les prometo, papá y mamá, que si tuviese que volver a empezar, volvería a cometer los mismos errores. Yo me equivoqué y pagué, pero el amor…</p>
<p>…el amor no se mancha.</p>
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		<title>Touch and stay</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Dec 2012 14:16:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo soy reservado. Medio chapado a la antigua. Cada muestra de cariño o afecto que doy (sea un abrazo, un beso o algo más) lo considero como parte de un tesoro personal que sólo le otorgo a ciertas personas. Porque le doy un valor muy importante a eso, porque quiero que aquel momento compartido sea... <a href="http://blogs.infobae.com/soy-solo/2012/12/26/touch-and-stay/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Yo soy reservado. Medio chapado a la antigua. Cada muestra de cariño o afecto que doy (sea un abrazo, un beso o algo más) lo considero como parte de un tesoro personal que sólo le otorgo a ciertas personas. Porque le doy un valor muy importante a eso, porque quiero que aquel momento compartido sea único y especial para el individuo que tengo frente a mí. Por lo cual, la verdad, nunca me sentí cómodo con esa modalidad del <em>“touch and go”.</em></p>
<p><span id="more-86"></span></p>
<p>Ojo, tengo amigos que se mueven como pez en el agua en ese rubro. Conocen una mina, se gustan, dicen dos o tres frases de ocasión y a los diez minutos se entregan al sexo sin compromiso. A mí no me sale eso. O sea que tengo como un lado medio femenino a partir del cual no estaría entregando fácil (igual, no estoy diciendo que cuando camino por las calles las minas se me tiran encima, todo lo contrario, me empujan para tenerme lejos). Pero lo que me pasa es que no me convence la idea de entregarme a un intercambio de fluidos ocasional y nada más. Eso me suena a cosificación, a entenderse a uno mismo como un objeto de deseo y al otro como una mercancía ofrecida en la gran feria humana que es la calle, un boliche, o el cumple de una tía solterona.</p>
<p>Hay tipos que disfrutan de eso. Que no quieren que los molesten, que desean ser libres y no tener ataduras que los condenen a una compañía perpetua. Yo no. No los juzgo, pero yo me termino enamorando de chicas que siento que podrían ser la futura madre de mis hijos. Por ahí suena medio goma para los tiempos que corren, pero me sale así. Esto no quiere decir que si invito a salir a una mina por primera vez voy a ir con el anillo en el bolsillo. Lo que digo es que si le sigo insistiendo es porque algo de ella me llama la atención. Y si mis sospechas se confirman, probablemente me termine enamorando y ahí sí, a todo o nada. Lo curioso es cuando estos dos universos tan distintos se juntan por esas casualidades de la vida (borrachera, oscuridad total o inminente y desesperante puesta del sol en soledad).</p>
<p>Una vez me pasó que conocí en una peña a una chica del interior. Por alguna razón que no logro descifrar (seguramente producto de mis prejuicios porteños), estaba convencido de que las chicas del interior, con eso de la tonada y el mate en la puerta con los vecinos, eran las ideales para proyectar relaciones formales y duraderas. No sé, como que las hago más familieras, con ganas de tener muchos hijos que me llamen <em>“Tata”</em> y cosas así. Entonces, me le fui al humo y cuando escuché ese cantito tan particular que tenía al hablar, saqué el anillo del bolsillo (uno de cotillón, para que no se asuste) y comenzamos a bailar. Yo me puse a girar a su alrededor, luego arranqué con un zapateo y zarandeo endemoniado y, al grito de <em>“¡Áhura!”</em>, la coroné con un beso.</p>
<p>A la china… digo, a la chica, se ve que le gustaron mis espásticos y estrambóticos intentos de bailar folklore, y, ahí nomás, la llevé a pelo en mi caballo hasta una pulpería (mucho, ¿no?). Nos entonamos de lo lindo y a las pocas horas pasamos a bailar la chacarera horizontal (malísimo, perdón). Yo la miraba pensando que había encontrado a la mujer de mi vida. Ya me veía arando la tierra, ordeñando vacas y degollando gallos para que no me despierten a las seis de la matina resacoso. Pero después del último beso, la chica me sonrió, se vistió y se detuvo al lado de la puerta. Giró y me dijo: <em>“Hasta siempre”</em>. Yo me desesperé y le pregunté: <em>“¡Pará, che! ¿Y todo esto que fue?”</em>. Y a ella le brillaron los ojos con la luz de la luna y me contestó: <em>“Un touch and go”</em>.</p>
<p>Sorprendido por su excelente pronunciación del inglés, volví al hotel en el que me estaba hospedando (una F100) y me pregunté si acaso no será que a veces uno nace en el lugar y la época equivocada. El sol asomaba en el horizonte y la luz mala se me revelaba solamente como un par de huesos de oveja que brillaban en la oscuridad. Fue ahí que, sumido en una profunda tristeza, escuché al gallo cantar y, movilizado por la bronca de un nuevo desengaño, nos terminamos reencontrando en un puchero.</p>
<p>China, la próxima vez, quedate conmigo hasta que salga el sol por lo menos, ¿sí?</p>
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		<title>Mentime que me gusta</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Dec 2012 11:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Yo no sé por qué, pero cuando uno se va de vacaciones, lejos de casa, siente cierta impunidad turística. Quizás sea porque tenés a tus viejos lejos y, de algún modo, te sentís más liberado o porque no conocés a nadie del lugar, pero uno termina animándose a hacer cosas que comúnmente no haría en su barrio. La cosa es que una noche estaba en un boliche y, junto a un amigo, decidimos hacernos los extranjeros, decidimos simular ser quienes no éramos, en fin, decidimos mentir para levantarnos chicas.</p>
<p><span id="more-75"></span></p>
<p>Encaramos a una rubia y a una morocha que estaban acompañadas por un flaco <em>friendzonizado</em> que había ido a bailar en malla, musculosa y ojotas (por eso lo de la impunidad turística). Con mi amigo nos sentamos cerca y empezamos a hablar en inglés (básicamente repetíamos frases de películas conocidas). Las minas, al toque, se interesaron en nuestro curioso modo de relacionarnos (mi amigo no se cansaba de repetir <em>“Are you talking to me?”</em>) y se acercaron a preguntarnos quiénes éramos, de dónde veníamos y que hacíamos. Nosotros improvisamos lo primero que se nos vino a la mente y terminamos diciéndoles que éramos dos jóvenes promesas actorales de Hollywood que habían caído en este remoto país del sur para desconectarse, un poco, de sus crecientes famas y fortunas. La verdad que mi amigo y yo estábamos disfrutando de la situación, moviéndonos con soltura, como <em>fish</em> en el <em>water</em>. Pero con el paso de los minutos, todo se empezó a complicar.</p>
<p>Ya de por sí, mi amigo no tiene un muy buen inglés que digamos, y sumado eso a las copas que veníamos ingiriendo desde temprano, su verba anglosajona paso a ser casi guaraní. Yo, como ya no entendía lo que salía de su boca (salvo la baba), les dije a las chicas que era oriundo de otro estado y que por eso tenía esa tonada tan sofisticada, como la de un santiagueño de Massachusetts. Las minas estaban re copadas igual, pero el flaco que las acompañaba me golpeaba con la rodilla por lo bajo y me decía: <em>“Dale, chabón. Terminala con este chamuyo, dejate de joder”</em>. Y ahí me di cuenta que la situación se había puesto realmente heavy, porque si dejaba de hacerme el yanqui mi vida correría serio peligro.</p>
<p>Nos quedamos unos minutos más hablando y salimos rajando (al final de la noche mi coequiper se había vuelto irreversiblemente ininteligible para la rubia), pero lo bueno es que cuando volví de las vacaciones salí a tomar algo con la morocha. La verdad es que ya no podía sostener mucho más la situación (ya estaba apelando a frases de películas depres de domingo a las siete de la tarde), así que apenas nos vimos le conté toda la verdad. Pero cuando terminé de confesarle que no era ninguna estrella de Hollywood, sino un simulador nocturno de poca monta, la morocha se levantó de la mesa y me gritó: <em>“Mi hermana tenía razón… ¡Sos un mentiroso!”</em>, y se fue ofendida hasta la barra donde la esperaba otra morena idéntica a ella y el tipo que me tiraba pataditas por debajo de la mesa. Las mellis y el flaco se fueron del bar y esa noche, en vez de una estrella, me sentí un estrellado al que le habían mentido como a un niño con los reyes magos (sobre Papá Noel todavía tengo mis dudas).</p>
<p>Lo que pasa es que cuando uno comienza a mentir, la mentira empieza a crecer. Y para que esa mentira adolescente se vuelva adulta, uno debe mentir más. Así la mentira se va haciendo cada vez más y más grande, hasta que se transforma en esa bola gigante que persigue a Indiana Jones y que te puede aplastar con todo su peso si no la detenés o la esquivas a tiempo. Cuando le terminé de contar todo esto a la rubia y a mi amigo, ella me dijo que había hecho lo correcto, que lo principal era ser cien por ciento sincero con la persona que tenés a tu lado, que era una lástima que ni su amiga morocha ni su hermana melliza hubieran querido nada conmigo, pero que no me deprimiera porque estaba segura que la chica de mis sueños pronto iba a llegar. Los dos se levantaron de la mesa del café y salieron pero, después de pedirle <em>“one minute, honey”</em> a su nueva novia, el sinvergüenza de mi amigo volvió hacia mí, me miró a punto de estallar de risa y me dijo…</p>
<p>…<em>“Hasta la vista, baby”</em>.</p>
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		<title>Estilos de seducción</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Dec 2012 11:31:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Una noche nublada nos juntamos a cenar con mis amigos. El cielo estaba amenazante mal, pero nosotros teníamos ganas de hacer algo y recibimos uno de esos llamados milagrosos de Jesús. Como les decía, mi amigo Jesús (un flaco que me salvó de una borrachera descomunal en una de esas fiestas inolvidables que se olvidan completamente) nos llamó por teléfono y nos dijo que estaba en la casa de unas pibas que también tenían ganas de hacer algo pero que no sabían qué. Al toque, metimos una previa rabiosa y salimos volando para allá en un taxi que fue esquivando charcos de una garúa que, en pocos minutos, se transformó en el diluvio universal. Llegamos a la casa empapados pero con buena energía (alegres) y, al instante, nos dimos cuenta que la noche iba a morir entre esas cuatro paredes. Con mis amigos nos miramos y comprendimos que esa lluvia interminable era una sentencia: la noche dependía de nosotros.</p>
<p><span id="more-65"></span></p>
<p>Mi amigo el gordo es un tipo encantador. Es alto, musculoso, fachero pero, sobre todo, tiene un ángel especial que lo transforma en el alma de todas las fiestas. Es carismático y entrador, siempre tiene una frase en el bolsillo para caerte bien y sacarte charla. Yo no. Yo soy de digestión lenta, más para un rumiante de cuatro estómagos. Parco, distante, algo tímido, cuando llego a una fiesta saludo de lejos porque sé que no me da el piné para caerte bien de entrada. Posta, no me da el cuero para que la gente me quiera tener cerca apenas me conoce. Pero lo bueno es que con el gordo armamos un equipo, un tándem aceitadísimo. El encara y yo le hago la segunda. Él es el tiburón y yo soy el pescado ese que va abajo comiendo todo lo que se le sale de la boca. Ojo, no soy carroñero, tengo mi paladar, pero también reconozco que empezar a quererme a mí lleva tiempo, casi una reencarnación.</p>
<p>Así fue como con el gordo empezamos a contar nuestra rutina de anécdotas. Bah, en realidad, él las cuenta y yo lo sigo. Porque ya me sé de memoria cómo arrancan, qué personajes intervienen, cuál es el remate, las conozco como si me hubiesen pasado a mí. Lo que yo hago es acompañarlo con preguntas cuyas respuestas ya sé pero que a él le sirven para recordar cómo sigue el relato: <em>“¿Y qué te dijo la gorda?”</em>, <em>“¿Y el novio te vió?”</em>, <em>“¿Y cuando llegaste a tu casa destroyed qué pasó?”</em>. Ese es mi laburo, lo acepto. Soy el segundo, el asistidor, el que le tira los centros y disfruta viéndolo hacer goles, esperando pescar algún rebote del arquero desprevenido.</p>
<p>Lo copado es que mientras el gordo contaba sus anécdotas nos dimos cuenta que las minas estallaban de la risa. Y ahí decidimos subir la apuesta y pasamos a la sección más hardcore, a nuestro anecdotario gore, que incluye detalles escabrosos, escatológicos, bien guarangos. Las minas lloraban y nosotros estábamos cebadísimos (pasados de alegres). Y así fue como la noche se extinguió en historias bien heavy metal hasta que el sol apareció, los pajaritos comenzaron a cantar y nos dimos cuenta que ya era hora de partir (no entregaban).</p>
<p>En el taxi, con el gordo nos reíamos de las cosas que habíamos sido capaces de contar. Pero mis otros dos amigos, que no habían participado de nuestro show más que con aplausos, arengas o tirando un Fernando al suelo, nos miraban con ojos críticos. Fue ahí cuando nos alertaron que se nos había ido la mano, que difícilmente una chica se viese seducida por un par de tipos que contaban las chanchadas que nos habíamos animado a relatar. Tuvimos una discusión innecesariamente acalorada dentro del taxi (no mezclo más) y cuando llegamos al barrio (luego de que el taxista nos haya paseado de lo lindo aprovechando nuestro fuerte y ebrio cruce de opiniones) me puse a reflexionar sobre lo sucedido.</p>
<p>Me quedé pensando en que, quizás, uno seduce de acuerdo al tipo de mujer que le gusta, que está buscando. O sea que a mí me interesa seducir a las minas que se sientan seducidas por mi estilo de seducción. Algunos intentamos hacerlas reír con chistes malos, porque nos gustan las chicas que se ríen de pavadas como nosotros. Y otros son más callados, porque le gustan las minas que se sienten atraídas por los tipos más misteriosos. Las dos son válidas, les dije a mis amigos y nos abrazamos los cuatro (basta de previas) jurándonos amor eterno y pidiéndonos perdón (uno lloró). Entonces, regresé a casa contento porque me di cuenta que siempre habrá hombres y mujeres para todos los gustos.</p>
<p>Igual, si esta anécdota te la cuenta el gordo, te morís.</p>
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		<title>Intensidades amorosas</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Dec 2012 13:30:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Confieso que tengo el <em>“te amo”</em> fácil y estoy seguro que una de las mayores cuentas pendientes que aún conservo en mi vida es la de no saber manejar muy bien las intensidades amorosas. Quiero decir que, en verdad, creo que todo se trata de saber sincronizar el amperaje del amor. Esto es tener claro cuándo se debe ser intenso con alguien demandante, o cuándo ser distante con alguien independiente. Bueno, la cosa es que yo siempre fui a contrapelo de las personalidades de las minas con las que estuve, lo cual me otorgó un título con las mujeres que todavía no sé si es virtuoso o si evoca un defecto a tratar con mi psicólogo: siempre soy el anteúltimo hombre de sus vidas.</p>
<p><span id="more-59"></span></p>
<p>Durante un tiempo salí con una chica con la que me divertía mucho. Naturalmente me enamoré de ella y quise dar un paso más, formalizar la relación, ponerle títulos, tener bien claro qué éramos. Pero ella me dijo que sentía que no era su momento para comenzar algo porque tenía ganas de viajar y probar otras cosas, y le parecía poco útil <em>“atarse”</em> a otra persona. Yo bajé la cabeza y acepté a regañadientes, triste obvio, pero por un lado contento por una frase que me dijo y que nunca me voy a olvidar: <em>“Si tuviésemos treinta años, todo hubiera sido diferente”</em>. De algún modo, esa sentencia cerraba su argumento. O sea que no era <em>“el”</em> momento, <em>“nuestro”</em> momento. Nos faltaba adquirir ciertas experiencias, crecer un poco más. La cosa es que lentamente nos dejamos de ver, ella viajó y volvió a los pocos meses. ¿Y qué hizo? ¡Se puso en pareja con un tipo de treinta! Al ángulo, sin vaselina, hasta el tronquis. ¡Chapeau!</p>
<p>Después salí con una mina más grande que yo, y cuando uno sale con una mujer que tiene algunos años más cree ingenuamente que la tiene más clara. No, todo lo contrario. Alto mambo. Como a mí ya me estaban pasando cosas y ella me repetía a cada rato que <em>“le costaba engancharse”</em>, decidí darle su espacio. Me la aguantaba días enteros pensando si mandarle un mensaje, hablarle por MSN o <em>“megustearle”</em> cualquier gilada para que supiese que del otro lado de su monitor yo respiraba. Así fue como la relación comenzó a basarse en ausencias. O sea que me terminé enamorando mucho más de la mujer que nunca veía pero que yo imaginaba, que aquella que me recibía en su casa las noches en las que no había nada copado para ver en la tele. Bajé un par de decibeles y tampoco sirvió. La mala leche. Nuestra relación de tres meses terminó. Como ella me había adelantado desde el primer día, no se enganchó. Pero curiosamente sólo tardó dos meses en ponerse de novia con un flaco después de años de soledad. Aco, aco, a comerla…</p>
<p>Y también me pasó que conocí a una chica que todos los días se preocupaba por contactarse conmigo. Me hablaba aunque estuviera desconectado, me llamaba por teléfono para que le cuente las pocas novedades de mi miserable vida y siempre tiraba ese <em>“Jajaja”</em> que no es otra cosa que la forma en la que uno dice presente en las redes sociales: <em>“Los mosquitos de ahora parecen aviones”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Los chinos me vendieron paleta por jamón”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Hoy tengo ganas de morir”</em>, <em>“Jajaja</em>”. La cosa es que, curado de espanto, directamente preferí jugarla de recio, no darle bola y hacer cosas por mí (me compré una Play 2 chipeada y con bocha de juegos). Pero como la piba me buscaba tanto accedí. Salimos, tuvimos algo y yo dije <em>“¡Por fin! ¡Alguien que va a 220… como la Play!”</em>. Pero al poco tiempo dejó de contactarse conmigo con tanta insistencia. Para ese entonces, obviamente, a mí ya me había comenzado ese run run estomacal del amor, así que pensé que era mi momento de mostrarme interesado. A los pocos días le dije que la pasaba muy bien con ella, que me gustaría seguir conociéndola. Fue la primera vez que tardó en contestar. Claro, esa noche estaba recomponiéndose con su ex novio.</p>
<p>Me parece que la cosa es que uno no puede disimular durante mucho tiempo quién es en verdad y qué le produce el otro. A mí me sale ser intenso con la gente que me genera eso y respetuoso con los que no me conmueven, todo esto oculto bajo una hermosa careta de simpatía y una armadura de insoportable caballerosidad. Es medio heavy, pero bueno, uno vive en sociedad y hay que hacer sacrificios. Por eso ahora, antes que nada, yo aviso.</p>
<p>Si me querés, quereme como soy…</p>
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		<title>Levante 2.0</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Nov 2012 12:04:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Un día me llega a mi casilla de mail una solicitud de esas redes sociales que sirven para generar contactos profesionales. La cosa es que me meto en el perfil del interesado y descubro con agrado que se trataba de una chica muy bonita. ¡No sabés el pedazo de currículum que tenía! ¡Y además se le asomaban un par de licenciaturas que parecían dos cabezas de universitario completo! Decidí buscarla en todas las redes sociales habidas y por haber. Quería saber más sobre ella, quería averiguar qué le gustaba, quería conocer sus inquietudes, sus sueños y añoranzas, y sobre todo, quería ver si estaba tan buena como su foto de perfil prometía. Fue ahí cuando me di cuenta que soy un stalker de profesión, que necesitaba ayuda psicológica urgente, pero, sobre todo, cuando comprendí que estaba a punto de meterme en una modalidad de seducción que nunca antes había experimentado: el levante 2.0.</p>
<p><span id="more-53"></span></p>
<p>La busqué en Facebook y al constatar que su foto de perfil la mostraba tan linda como la de su currículum, decidí mandarle una solicitud de amistad. Al poco tiempo me aceptó y me dije <em>“¡Epa!”</em>, con esa confusa sensación actual que te genera creer que apretar un simple botón significa un gesto de cariño. Al toque, agarré una cartulina, la pegué arriba del monitor de la compu y comencé a tomar nota de sus gustos: <em>“Le gustan los gatitos”</em>, <em>“Le gustan los perritos”</em>, <em>“Le gustan todos los jueguitos que te llenan el muro de porquerías”</em>, <em>“Le gustan las frases para mejorar tu vida que escribe gente divorciada y en pleno procesamiento judicial”</em>, <em>“Le gustan mucho los gatitos”</em>, <em>“Le gustan mucho los perritos. Mientras más enfermos y liquidados, más le gustan”</em> y cosas así.</p>
<p>Al toque nos pusimos a hablar y después de un par de emoticones bien puestos la invité a salir. Ella accedió y yo me puse re <img src='http://blogs.infobae.com/soy-solo/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' /> . Así que arreglamos un punto de encuentro y pautamos la cita. Yo no pude evitar quedarme pensando en ese momento cómo cambiaron las cosas a la hora de levantar minas en esta nueva era digital. Pensar que antes tenías que hablarle horas y horas para que la mina te pase su teléfono. ¡Ahora sólo basta con preguntarle el nombre y listo! ¿Y quién te va negar su nombre? Una indocumentada o una prófuga de la justicia, numá. Pero la verdad que ahora es ultra fácil, aunque también menos comprometido, es cierto. ¿Viste cuando agregás una chica que te gusta y ves que tiene 5.000 contactos? ¿No te sentís parte de una jauría de hienas hambrientas? ¡Yo siento agorafobia digital!</p>
<p>Lo primero que es realmente impactante a la hora de salir con una chica que te levantaste por Internet, es comprender que sabés todo pero, a la vez, no sabés nada sobre ella. Cuando la ves en carne y hueso la cosa cambia, porque todos somos hermosos en nuestras fotos de perfil, pero frente a frente la historieta es… complicada. Nunca tiene la altura que parece en las fotos, entendés por qué utiliza siempre planos cortos que no muestras su silueta no de pera, sino de toronja, y comprendés al instante el sentido por el cual se saca las fotos desde arriba (nadie está orgulloso de su papada). De todos modos, se le daba, así que puse mi mejor sonrisa (una que me sale tan bien como mi cara de pato mostrando mis labios carnosos) y fuimos a cenar.</p>
<p>Durante nuestra charla saqué todo el arsenal que me había preparado, le hablé de lo mucho que amaba a todos los gatitos y perritos de este planeta, de cómo aplicaba en mi vida las frases que Bob Marley y Einstein nunca habían dicho y le prometí que si aceptaba ir a tomar algo a un bar después de comer, le iba a enviar un montón de zanahorias para su granja pixelada. Ella dijo que sí y se levantó de la mesa para ir al baño. Como tardaba tanto yo agarré mi celular y aproveché para investigar un poco más acerca de sus intereses, y fue ahí cuando me di cuenta que me había eliminado de sus contactos, que había sido desadmitido para siempre de su existencia, que nunca más iba a volver a verla. Entonces, me quedé pensando que, quizás, a veces cometemos el error de creer que nuestra vida digital es mucho más interesante que nuestra vida real.</p>
<p>Es que el contacto con humanos está tan raro últimamente…</p>
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		<title>La burguesía estética</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Nov 2012 11:13:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No tengo nada en contra de la gente linda. Es más, estoy seguro que le hacen bien a la sociedad. Hay minas que están tan buenas que a veces siento que debería pagarles un impuesto sólo por mirarlas con cara de baboso. Incluso está demostrado científicamente que la belleza es sinónimo de salud. Cuando uno... <a href="http://blogs.infobae.com/soy-solo/2012/11/20/la-burguesia-estetica/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No tengo nada en contra de la gente linda. Es más, estoy seguro que le hacen bien a la sociedad. Hay minas que están tan buenas que a veces siento que debería pagarles un impuesto sólo por mirarlas con cara de baboso. Incluso está demostrado científicamente que la belleza es sinónimo de salud. Cuando uno está bien físicamente eso se refleja en el cuerpo. Estamos todos más rozagantes, nos ponemos más simétricos, le pegamos con las dos piernas, posta. Lo que en verdad me hace pensar la gente linda es que forman parte de una burguesía estética. O sea que la vida de la gente linda es más simple. ¿Y por qué pienso esto? Bueno, básicamente porque creo que es mucho más fácil enamorarse de alguien lindo que de alguien feo.</p>
<p><span id="more-47"></span></p>
<p>Ojo, con esto no quiero decir que cuando a mi novia le salga una verruga voy a dejar de amarla (sobre todo porque no tengo novia ni verruga ni nada). Lo que digo es que a mí me pasa que cuando conozco una mina linda yo, automáticamente, entro en un estado de pre-enamoramiento capaz de activarse por cosas mínimas. <em>“¡Me está mirando!”</em>, <em>“¡Se rió de un chiste mío!”</em>, <em>“¡Tosió!”</em>, todo vale a la hora de creer que tengo chances con una mujer de esas que vienen bien hechas al mundo.</p>
<p>Les digo más: si una mina linda me pide ayuda, yo se la doy sin dudar, pero cuando una mina fea me necesita para algo, hago todo lo posible para hacerme el distraído. Perdón, pero me sale eso, estoy siendo sincero. Incluso confieso que a las minas lindas las ayudo porque de algún modo inocente pienso que me van a devolver el gesto con algún favor sexual. Ojo, no con sexo (eso sería soñar demasiado), con algún acercamiento, digamos: un beso en el cachete, una sonrisa, una palmada en el hombro acompañado de un cariñoso y sensual “Bien, pibe”, algo así, nada más. En cambio, de una mina fea, lo único que espero es que no se me siente al lado en el bondi.</p>
<p>Y del otro lado del mundo estamos nosotros: el proletariado macanudo. Gente fea, objetivamente fea, legalmente fea que va mezclándose entre sí rogando que alguno de sus rasgos fuertes generen hijos con “belleza exótica”. Igual, no hay nada de malo en ser feo. Lo malo es creer que ser lindo es una virtud. Virtud es otra cosa. ¿Acaso hiciste algo para ser lindo? Naciste y punto (algo que de todos modos hubieras hecho). La inteligencia es una virtud, ponele. ¿Pero acaso alguna mina se quiere encamar con un premio Nobel? Vamos, no me jodan.</p>
<p>Lo bueno de ser un “incomprendido estético” (lo digo así para que ninguno de ustedes se sienta ofendido por ser espantoso) es que aprendemos pronto que todo lo que logremos en nuestras vidas lo vamos a tener que ganar con esfuerzo. La gente linda no tiene que esforzarse mucho. ¿Para qué? ¡Si nosotros, los feos, siempre estamos ahí para ayudarlos!</p>
<p>Por eso, mediante este humilde espacio quiero agradecerle a la gente linda por alegrarnos la vida gratuitamente y a nosotros, la gente con caras desorganizadas, cuerpos inarmónicos y visualmente desagradables, con granos, dientes torcidos, panzas de birra, chuecos y virolas, una extensa vida de desinteresada solidaridad, ayudándonos mutuamente a sentirnos menos solos en este mundo.</p>
<p>Gracias por ser como son…</p>
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