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	<title>#SoySolo &#187; pareja</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Procesiones</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Jun 2013 13:45:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las cosas que más me quita el sueño luego de haber salido por primera vez con una chica es saber qué impresión se llevó de mí luego de la cita. ¿Se habrá sentido cómoda? ¿Habremos logrado alguna conexión al contarnos nuestras historias? ¿Creerá que realmente me interesa conocerla? ¿Le habré gustado? ¿Volveremos a salir? Todas estas preguntas y muchas más me surgen instantáneamente en la cabeza cuando nos despedimos y ahí arranca un maremoto de pensamientos agotadores que repasan cada pequeño detalle, gesto y palabra del encuentro para tratar de identificar aunque sea una mínima señal que me permita saber si el futuro nos encontrará intentando algo juntos o nos abandonará nuevamente a la soledad del desencuentro. Es que a veces los nervios te juegan una mala pasada y te querés matar porque una primera cita tiene el poder de definirlo todo: algo puede nacer o morir para siempre. Por eso, al despedirnos, al mirarla por última vez a los ojos sin saber si los voy a volver a ver alguna vez, en mi cabeza comienzan procesiones.</p>
<p><span id="more-237"></span></p>
<p>No una, varias procesiones, muchas, y todas juntas a la vez que van por dentro apretujándose entre sí. Porque a mí me pasa que si compruebo fácticamente que la chica me gusta y su historia y personalidad me conmueven, entonces adentro me empieza una lucha interna para tratar de calmar mis voraces ganas de estar con ella. Pasa que cuando conozco a una persona interesante, lo primero que se me viene a la mente es la ansiedad de empezar a descubrirla y la angustia de no haberlo podido hacer desde mucho tiempo antes. <em>“¡Qué lástima que no la conocí hace unos años!”</em>, me digo sintiendo pena al repasar todos los hechos de mi vida que me gustaría haber compartido con ella. Pero también otro gladiador me presenta batalla al instante de verme movilizado por una persona así: la horrible sensación de saber que quizás no sea yo la persona que ella quiera a su lado.</p>
<p>Porque, aunque prefiramos no verlo y no queramos aceptarlo, no ser elegidos es una opción posible, y es ahí donde, aunque lo odiemos, sentimos la necesidad de ponerle lomos de burro a nuestras muestras de cariño hasta tanto no constatemos que conseguimos los permisos necesarios para expresarlo (si no, puede ser ilegal, guarda). Durante ese período es común sufrir algunas noches de insomnio pensando que todo lo que te gustaría vivir con ella, quizás, nunca se concrete y sentís que es injusto porque lo único que deseas en esta vida es darle todo lo que necesita para hacerla feliz (siempre y cuando ella sienta lo mismo por vos, porque la cosa es recíproca, a no olvidar). Y no querés transformarte en un ser vil, frío y distante. No te sale, pero te debatís internamente si no deberías guardar el corazón en el freezer un rato para no derretirte de angustia cada minuto que pasa sin saber si ella te eligió como vos la elegiste.</p>
<p>Ojo, también me la paso pensando si no debería esperar tranquilo a que las cosas fluyan con naturalidad. La verdad que me encantaría, acepto que sería conveniente para mi estabilidad psicológica, pero la verdad es que, a pesar de que por afuera muestre una careta de que la vengo piloteando como un campeón, por adentro siento un raid de emociones que no puedo evitar. Porque me quedo flasheado al imaginar que esa chica que conocí el otro día, esa que, azarosamente o por una serie de causas específicas que apenas puedo elucubrar, se cruzó en mi camino, que tanto me costó invitar a salir y que tuve frente a mí por primera vez, puede ser la persona más trascendental de mi vida. Y ahí, al toque, me pregunto…</p>
<p>…¿estas procesiones también las estará sintiendo ella?</p>
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		<title>Intensidades amorosas</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Dec 2012 13:30:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Confieso que tengo el <em>“te amo”</em> fácil y estoy seguro que una de las mayores cuentas pendientes que aún conservo en mi vida es la de no saber manejar muy bien las intensidades amorosas. Quiero decir que, en verdad, creo que todo se trata de saber sincronizar el amperaje del amor. Esto es tener claro cuándo se debe ser intenso con alguien demandante, o cuándo ser distante con alguien independiente. Bueno, la cosa es que yo siempre fui a contrapelo de las personalidades de las minas con las que estuve, lo cual me otorgó un título con las mujeres que todavía no sé si es virtuoso o si evoca un defecto a tratar con mi psicólogo: siempre soy el anteúltimo hombre de sus vidas.</p>
<p><span id="more-59"></span></p>
<p>Durante un tiempo salí con una chica con la que me divertía mucho. Naturalmente me enamoré de ella y quise dar un paso más, formalizar la relación, ponerle títulos, tener bien claro qué éramos. Pero ella me dijo que sentía que no era su momento para comenzar algo porque tenía ganas de viajar y probar otras cosas, y le parecía poco útil <em>“atarse”</em> a otra persona. Yo bajé la cabeza y acepté a regañadientes, triste obvio, pero por un lado contento por una frase que me dijo y que nunca me voy a olvidar: <em>“Si tuviésemos treinta años, todo hubiera sido diferente”</em>. De algún modo, esa sentencia cerraba su argumento. O sea que no era <em>“el”</em> momento, <em>“nuestro”</em> momento. Nos faltaba adquirir ciertas experiencias, crecer un poco más. La cosa es que lentamente nos dejamos de ver, ella viajó y volvió a los pocos meses. ¿Y qué hizo? ¡Se puso en pareja con un tipo de treinta! Al ángulo, sin vaselina, hasta el tronquis. ¡Chapeau!</p>
<p>Después salí con una mina más grande que yo, y cuando uno sale con una mujer que tiene algunos años más cree ingenuamente que la tiene más clara. No, todo lo contrario. Alto mambo. Como a mí ya me estaban pasando cosas y ella me repetía a cada rato que <em>“le costaba engancharse”</em>, decidí darle su espacio. Me la aguantaba días enteros pensando si mandarle un mensaje, hablarle por MSN o <em>“megustearle”</em> cualquier gilada para que supiese que del otro lado de su monitor yo respiraba. Así fue como la relación comenzó a basarse en ausencias. O sea que me terminé enamorando mucho más de la mujer que nunca veía pero que yo imaginaba, que aquella que me recibía en su casa las noches en las que no había nada copado para ver en la tele. Bajé un par de decibeles y tampoco sirvió. La mala leche. Nuestra relación de tres meses terminó. Como ella me había adelantado desde el primer día, no se enganchó. Pero curiosamente sólo tardó dos meses en ponerse de novia con un flaco después de años de soledad. Aco, aco, a comerla…</p>
<p>Y también me pasó que conocí a una chica que todos los días se preocupaba por contactarse conmigo. Me hablaba aunque estuviera desconectado, me llamaba por teléfono para que le cuente las pocas novedades de mi miserable vida y siempre tiraba ese <em>“Jajaja”</em> que no es otra cosa que la forma en la que uno dice presente en las redes sociales: <em>“Los mosquitos de ahora parecen aviones”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Los chinos me vendieron paleta por jamón”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Hoy tengo ganas de morir”</em>, <em>“Jajaja</em>”. La cosa es que, curado de espanto, directamente preferí jugarla de recio, no darle bola y hacer cosas por mí (me compré una Play 2 chipeada y con bocha de juegos). Pero como la piba me buscaba tanto accedí. Salimos, tuvimos algo y yo dije <em>“¡Por fin! ¡Alguien que va a 220… como la Play!”</em>. Pero al poco tiempo dejó de contactarse conmigo con tanta insistencia. Para ese entonces, obviamente, a mí ya me había comenzado ese run run estomacal del amor, así que pensé que era mi momento de mostrarme interesado. A los pocos días le dije que la pasaba muy bien con ella, que me gustaría seguir conociéndola. Fue la primera vez que tardó en contestar. Claro, esa noche estaba recomponiéndose con su ex novio.</p>
<p>Me parece que la cosa es que uno no puede disimular durante mucho tiempo quién es en verdad y qué le produce el otro. A mí me sale ser intenso con la gente que me genera eso y respetuoso con los que no me conmueven, todo esto oculto bajo una hermosa careta de simpatía y una armadura de insoportable caballerosidad. Es medio heavy, pero bueno, uno vive en sociedad y hay que hacer sacrificios. Por eso ahora, antes que nada, yo aviso.</p>
<p>Si me querés, quereme como soy…</p>
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