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	<title>#SoySolo &#187; salida</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Encuentros cercanos</title>
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		<pubDate>Tue, 28 May 2013 13:30:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Todo empieza con un <em>“sí”</em> de ella, pero sólo vos sabés lo que tuviste que hacer para conseguirlo. Mantener tu confianza y seguridad frente a decenas de machos alfa que se creen los únicos deseados de la manada, resistir la desidia de incontables negativas y <em>“vistos”</em> jamás respondidos, noches de insomnio en guardia esperando encontrar la oportunidad de contactarla, creatividad agotadora al servicio de hacerla reír, soñar, emocionar, amar con no muchas más herramientas que un par de palabras pintorescas sacadas de un diccionario abandonado y una foto de perfil que, según tu quisquilloso criterio estético, cumple todas tus normas ISO 9000. Sin embargo, ella una vez (¡por fin una vez!) te acepta la invitación y vos sonreís pensando que lo lograste. Pero, a los pocos segundos de descorchar, te das cuenta que la verdadera aventura recién comienza.</p>
<p><span id="more-232"></span></p>
<p>Te reunís con todos tus asesores improvisados, esos que se encargan de sostenerte psicológicamente, de mantenerte entero para no entregarle la daga a la primera sonrisa, para conservar un poco de misterio y no regalarse desnudo en ese encuentro inaugural. Evalúas posibles escenarios, respuestas, gestos, y los pibes te ponen a prueba en todo exigiéndote lucidez, habilidad y resistencia como si fueras un puching ball del amor. Pero al toque flaqueás y te das por vencido, porque, por más que hagas esfuerzos sobrehumanos, realmente te resulta imposible fingir algo que no sos. Y al recordar que la vida es una secuencia de hechos impredecibles, finalmente te entregás al azaroso devenir de la seducción.<em> “Si es, será”</em>, les decís a los muchachos en un ataque de determinismo amoroso que te saca kilos de presión de esa espalda que carga con todos aquellos consejos sobre lo que, se supone, deberías hacer para conquistarla.</p>
<p>Elegís el peinado que mejor disimula tu terrible zapallo, el largo de barba justo que resalta tu corte de cara de mandíbula ancha, enjuagás tu barroco y rebelde cuerpo oculto bajo la espuma, probás diferentes fragancias hasta encontrar ese perfume inolvidable, desdoblás con delicadeza la camisa arquitectónicamente planchada, te calzás el pantalón más prometedor, las medias con el talón del pantone grisáceo esfumado y el bóxer con el elástico menos estirado para que tu primera impresión se le quede tatuada en la retina durante toda la noche, encandilándola lo suficiente como para que ignore esos detalles que te hacen perfectiblemente humano. Intentás ensayar de antemano una estrategia discursiva que te permita persuadirla, conectarte con aquellos rasgos secretos y misteriosos de personalidad que le generan empatía. Querés saber dónde está escondida la llave del cofre que guarda en su corazón, y no precisamente para robarle su tesoro, sino para compartirle las pocas monedas oxidadas de desengaños que quedan dentro del tuyo.</p>
<p>Te subís al bondi y rezás para que no se le funda la biela a ese armatoste destartalado que te va a conducir hasta tu destino, ella es tu destino, (¿ella es tu destino?). Repasás el tridente billetera-llaves-celular y te asegurás que todo esté en su lugar, como si fuera un botiquín de primeros auxilios siempre listo para algún rescate inesperado. Mirás la hora y masticás el chicle del mentol más radiactivo que encontraste debatiéndote si es más maleducado llegar tarde o temprano a una primera cita (la puntualidad no es una de tus virtudes). Ves por la ventana que el tránsito se hace espeso y preguntás por qué el tiempo y la distancia no se miden en canciones (<em>&#8220;vivo a dos OKTUBRES de tu casa&#8221;</em>, te lamentás no haberle avisado). De pronto, llegás y todo te resulta extraño: la gente, las calles, las costumbres. Pero lo peor es descubrir que estás solo, que ella no está ahí esperándote.</p>
<p><em>“¡Qué tonto! ¿Cómo va a aceptar salir con vos?”</em>, se te ríe el diablito que te baila mambo adentro de la cabeza. Sentís como sube la sangre por el cuello hasta la vena hinchada de tu sien, esa que parece estar a punto de explotar de bronca cada vez que te das cuenta que la besabas en un sueño. Te desabrochás la camisa, porque ya no te importa que te descubra la remera que usas de pijama. Te secás la transpiración con la manga que se empasta con el gel efecto plastificado que te deja el flequillo duro e inmóvil como la melena de David. Te metés en el bar más oscuro y sórdido donde tipos olvidados se abandonan a esperar la huesuda, rememorando sus goles en primeras divisiones de clubes que ya no existen y besos de actrices que sólo recuerda tu abuela. Y cuando te sentás frente a la barra para pedir el trago más corrosivo, ese con el que querés limpiar tu honor pisoteado por otro desencuentro (<em>“otro más”</em>, mascullás entre dientes), ella llega y te dice <em>“Hola”</em>.</p>
<p>Y al verla ahí, sonriéndote tan hermosa y nerviosa como vos, sabés que toda esa travesía ya valió la pena.</p>
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		<title>Sexo apolítico</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Oct 2012 18:30:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[apolítico]]></category>
		<category><![CDATA[cine]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p dir="ltr">Un día estaba hablando con la novia de un amigo sobre una mina que me quería presentar. Yo le hice todas las preguntas de rigor que le interesan a un hombre (<em>“¿Esta buena?”</em>) y ella me dio un breve pantallazo sobre su vida y me pareció copado conocerla. A ver, no es que yo sea muy exigente (no puedo serlo, en realidad). Lo que pasa es que uno tiene algo de amor propio y viene medio herido. No es que busco a la madre de mis hijos (sí, la busco) pero la verdad que no me quiero comer cualquier bagarto (sí, quiero).</p>
<p dir="ltr"><span id="more-5"></span></p>
<p dir="ltr">La cosa es que antes de decirme su nombre me hizo una pregunta que me descolocó: <em>“Disculpame, pero… ¿Vos qué orientación política tenés? Te pregunto porque ella se fija mucho en eso”</em>. La verdad que me dejó duro, no me la esperaba. Yo le dije que no sabía que contestarle, que soy medio mercenario. Que laburo para que el que me pone la tarasca, es la verdad. Obvio que no le hago mal a nadie con mi trabajo, esa no es la intención. Pero no tengo muchos problemas en hacerlo para un bobo o para un filántropo. Básicamente trabajo para cualquiera que me dé el suficiente dinero como para que me lo saquen los impuestos. Entonces, ella medio como que se hizo la desentendida (por suerte apenas arrancaba su noviazgo con mi amigo y todavía estaba intentando contentarlo) y me dio su nombre.</p>
<p dir="ltr">La contacté por Facebook y ya en nuestra primera charla noté cierta pretensión que me incomodó. ¿Viste cuando notás que la otra persona está muy interesada en cosas que a vos verdaderamente no te importan? Bueno, algo así. Ojo, no quiero decir que la política no me importe, lo que digo es que no forma parte de las cosas que pongo en la balanza a la hora de evaluar el posible éxito o fracaso de mis relaciones. A mí me importa poco si votaste a Macri o si no te perdés una sola cadena de Cristina. Hacé lo que quieras, todo bien. Es más, ¿sos militante? ¡Bien por vos! Luchá por tus ideales, por tus ídolos. Pero a mí dejame tranquilo que desde que Maradona no juega más al fútbol ya no creo en nadie más.</p>
<p dir="ltr">La cosa es que nos vimos en una fiesta y después salimos solos. Fuimos a ver una peli bastante ronga y terminamos en la casa. Ella me preparó unos tés (posta) y nos quedamos hablando de nuestras vidas. Todo iba bien y decidí acercarme un poquito más, de generar algo de tensión sexual. Y, por suerte, el avance dio resultado. Nos dimos un par de besos y empezamos a juguetear un poco. Besito tierno, manito por acá, manito por allá. Luego la cosa se puso más hot y hubo remolinos de lengua y unas uñitas picaronas recorriendo la espalda copadas. Y en una de esas ella se levantó y me dijo <em>“Ya vuelvo”</em>. Yo le sonreí y la esperé sentado en el sillón ya medio acalorado y con cierta congestión sexual. La mina volvió con ropa cómoda para dormir. Era la noche. Y entonces me dijo:<em> “¿Sabés que me quedé pensando en la película? Pensar que todo eso es verdad. ¡Hay pibes en Argentina que se mueren de hambre!”.</em></p>
<p dir="ltr"><em>“Hay-pibes-en-Argentina-que-se-mueren-de-hambre”</em>. En ese momento sentí como mi libido se evaporaba por completo de mi cuerpo. Juro que no lo podía creer. Se me sentó al lado y yo sólo atiné a mirarla. Edipo y Electra me zamarrearon mis bajos instintos. Me transformé en una especie de estrella de mar que en ese momento sólo le interesaba reproducirse de modo asexual. ¿Qué te pasa? ¿Estamos por comernos mutuamente y me venís a hablar del hambre en la Argentina? Pobres, es terrible, posta. Es horrible que haya gente que la pasa muy mal en este país. Es injusto. ¿Pero justo ahora que estábamos por hacer la chanchada me venís a hablar de esto?</p>
<p dir="ltr">Entiendo que el fanatismo político los comprometa en cuerpo y alma. Ya les dije que los apoyo en todo lo que hacen, que me encanta que sean así y que hayan recuperado ese espacio de expresión y cambio. Pero no me hablés de la pobreza en Argentina cuando tengo los pantalones por las rodillas. No, por favor. Que falta de tacto.</p>
<p dir="ltr">¿Pobre? Pobre yo…</p>
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