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	<title>#SoySolo &#187; seducción</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Mitología amorosa</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Aug 2013 12:07:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Preparando mi mudanza, me puse a revisar los cajones jamás abiertos de unos muebles en desuso que hace tiempo tengo en la baticueva. En uno encontré unos australes que casi que valen lo mismo que el peso actual, en otro una colección de estampillas rarísimas de países inexistentes que tiré a la basura, pero lo que más me llamó la atención fue un libro extraño que estaba bajo la pata de una biblioteca antigua que había pertenecido a mi abuelo. Al principio, lo metí en la caja de manuales de colegio primario que no sé por qué razón todavía conservo, pero después, por una suerte de extraña atracción mágica, me volví hacia él. Lo tomé entre mis manos y, luego de soplarle una gruesa capa de polvo que tenía sobre su tapa, comencé a hojear sus páginas amarillentas. Fue así como descubrí un compendio de mitos y leyendas increíbles que, a pesar de lo aparentemente viejo que se veía ese raro ejemplar, aún conservaban una actualidad y una forma de escritura tan coloquial que no me dejó despegar los ojos de sus oraciones bimembres. El libraco tiene el curioso nombre de <em>“Mitología amorosa”</em>. No sé quién es su autor, pero como soy un tipo muy copado acá les transcribo algunas historias que leí y que me llamaron la atención.</p>
<p><span id="more-301"></span><em><strong>La bailarina de cristal</strong></em></p>
<p><em>Algunos juran haber visto en la pista de muchos boliches una mujer que no deja de bailar a lo largo de toda la noche. Se trata de la bailarina de cristal, el adorno giratorio de una caja musical que alguna vez deseó volverse de carne y hueso. Fue un mago enamorado de su moldeada figura y su hipnótico movimiento quien le cumplió su sueño con un conjuro bajo una única condición: que todos los fines de semana, al caer el sol, la bailarina nunca dejase de danzar, puesto que de detenerse, su cuerpo volvería a su estado vidrioso, adquiriendo tal fragilidad que la haría capaz de estallar en mil pedazos con el simple retumbe de los parlantes. Por eso, nunca intentes sacar a bailar a una mujer en un boliche, salvo que te sientas capaz de acompañar su ritmo hasta el amanecer.</em></p>
<p><em><strong>El mensaje perdido</strong></em></p>
<p><em>Todos los sábados, exactamente a las 4:37 AM, en algún lugar del mundo, dos amantes perdidos se envían un mensaje declarándose su amor al mismo tiempo. Sin embargo, según dicen que consta en los registros de las empresas de telefonía celular, justo en ese instante, y por motivos que ningún técnico en telecomunicaciones todavía logró descifrar, la señal de sus celulares desaparece al unísono, provocando que esas epístolas digitales que podrían cambiar sus vidas para siempre desaparezcan en el infinito, condenando a dos almas destinadas a estar unidas por siempre, a perderse en el mar profundo del desencuentro durante toda la eternidad.</em></p>
<p><strong><em>El trago del olvido</em></strong></p>
<p><em>Cuentan que en todas las fiestas existe un trago del olvido, un brebaje capaz de borrar por completo de nuestra memoria todas las penas de amor. Nadie conoce su receta con exactitud, pero algunos creen que está compuesto por la mezcla de varias bebidas espirituosas, licores, vinos, gaseosas, fernets y demás elixires en proporciones específicas que todos ignoran. Quienes tienen la suerte de probar este trago, adquieren el poder de controlar su ansiedad, superar sus desencuentros y recobrar su seguridad frente al sexo opuesto, dejando atrás aquellas historias crueles e inconclusas que, alguna vez, supieron dañar sus almas de conquistadores.</em></p>
<p><strong><em>Los amantes temerosos</em></strong></p>
<p><em>Es común ver en una tertulia a hombres y mujeres que se la pasan chateando por sus teléfonos celulares durante toda la noche con personas ausentes. Fue así como se conocieron los amantes temerosos, una pareja de chicos que se amaban con locura pero que preferían la mediatización de sus encuentros al contacto cara a cara por el miedo que produce la posibilidad del rechazo. Dos almas nocturnas en pena que se necesitaban mutuamente pero que, al no animarse ninguno de los dos a dar el paso definitivo, ese que quiebra la barrera de la distancia tecnológica para pasar al contacto humano, a la proximidad de la seducción piel con piel, aún siguen chateando solos, lejos, cada uno por su lado, sin saber que lo harán por siempre, hasta morir sin haber asumido nunca el riesgo de amarse.</em></p>
<p><strong><em>El chamuyador incansable</em></strong></p>
<p><em>Mujeres de todas las características imaginables han jurado alguna vez haberse cruzado con el chamuyador incansable, un hombre encarador que parecería ser capaz de mantener una conversación con ellas durante toda la eternidad. Pues no se han equivocado, ya que este sujeto, a falta de encanto, ha desarrollado la habilidad de manejar una cantidad inagotables de temas de conversación con el único objetivo de conquistar mujeres. Suele encontrarse en las inmediaciones del baño de damas, donde se coloca estratégicamente a la espera de aquellas chicas que acuden al toilette para empolvar sus mejillas. Si usted, señorita, alguna vez lo cruza en un bar, simplemente ignórelo y no tema que la insulte por lo bajo: es que este chamuyero nunca logró levantarse a nadie con simples palabras.</em></p>
<p>Continuará…</p>
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		<title>Consejos para conquistar</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jan 2013 13:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Casi siempre, cuando me propongo conquistar una chica, termino empleando la táctica de seducción equivocada. A veces pienso que debería evaluar mis propias fortalezas personales, tener en claro cuáles son mis oportunidades de conquista, aceptar mis debilidades amatorias y estar atento a las amenazas que presenta mi próxima víctima (los buitres de mis amigos) para elaborar una estrategia de conquista… y hacer absolutamente todo lo contrario a lo que creo que debo hacer. Por eso, termino empleando uno de los recursos más confusos y desgastantes en el que un hombre puede caer a la hora de levantarse una mina que no conoce: pedir consejos a los demás.</p>
<p><span id="more-128"></span></p>
<p>Una vez fui a una fiesta en la que un par de amigos y conocidos querían presentarme una chica. Ya, de por sí, es rara la situación de que te “presenten” a alguien (es como cuando, de chiquito, agarraba dos gatitos de la calle y los apretaba uno con otro pensando que así iban a tener hijitos). Como que te fuerzan a hacer algo que no es natural. Es como un ring de box, un escenario con público que te mira (o hace que no te mira pero te está fichando a full) a ver qué movimiento haces, qué le decís a esa otra persona que está ahí como esperando que la sorprendas. Es horrible que te presenten. Yo, para la próxima, me hago un Currículum Vitae Amatorio y, cuando me hagan el entre con una mina (que es la que a mis amigos les gustaría ver conmigo ignorando completamente las características que yo busco en una mujer) se lo doy y le digo: <em>“Leelo tranquila. Cualquier cosa me llamás la semana que viene para una segunda entrevista, ¿sí?”</em>.</p>
<p>Cuando llegué ella estaba ahí, sola, en la punta más alejada de la terraza, aferrada a un vaso de cerveza, seguramente expectante de encontrar en mí todas esas virtudes falsas que nuestros contactos en común le habían prometido que yo tenía. Y del otro lado estaba yo, con un vaso de Coca en la mano sin fernet (cero código el chabón) para mantener la sobriedad, deseando que el azar hiciera coincidir mi ser real con aquel personaje que le habían vendido que yo era, estudiándola de arriba abajo como una jirafa que esconde su cabeza entre las ramas de un árbol de la sabana africana esperando el momento oportuno para ¡zas!, tragarse de un bocado uno de esos chimpancé que andan colgándose por ahí (¿ah, no? ¿Las jirafas no hacen eso?).</p>
<p>La cosa es que lo primero que se me ocurrió fue hablar con la hermana. La piba, que la conocía desde que nació, más o menos, me dio un montón de info acerca de sus gustos e intereses. Sin embargo, me advirtió que había un peligro al acecho: <em>“Le gusta que la busquen mucho, así que, si te bancás el histeriqueo, es toda tuya”</em>. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que iba a tener que intentar hablar con ella muchas veces hasta que finalmente me permitiera bucear por su vida privada? ¿Que su primera respuesta iba a ser <em>“no”</em> y que el <em>“sí”</em> vendría en cuenta gotas? ¿Que iba a rechazarme un número determinado de veces hasta que, luego de una cuota de desgaste e insistencia ya prefijada de antemano por ella pero desconocida para mí hasta entonces, accedería a mis solicitudes de contacto interpersonal?</p>
<p>Como no me terminó de convencer la familia directa, me acerqué con uno de sus amigos más cercanos. Después de prepararle un fernet bien picante (para entrar en confianza rápido y aflojarle un poco la lengua) lo encaré y le pregunté qué tipo de hombres le gustaban a su compinche. Resulta que el tipo parecería haberme estudiado de pies a cabeza, buscar todos mis antónimos y construir con ellos el supuesto hombre ideal que su cómplice deseaba que conquiste su corazón. O sea que yo representaba algo así como la papelera de reciclaje de todos sus gustos. No tenía la altura, ni el color de piel, ni los rasgos que buscaba en un hombre. Mucho menos coincidía el tipo de humor que practico, la filosofía de vida que profeso, ni las aspiraciones que me movilizan.</p>
<p>Golpeado en mi autoestima con profunda severidad, tiré un manotazo de ahogado y me lo llevé al ex, que aún rondaba el aire como un buitre esperando que su presa malherida se entregara a su destino fatal de carroña, a un rincón de la celebración y entre pitos y maracas le pregunté qué había hecho para enamorarla. El flaco me dio una serie de consejos atroces sobre cómo se manejan las relaciones humanas modernas. Me dijo que a las mujeres había que tratarlas de tal manera, que los hombres debíamos ser de tal otra, que todo lo que importaba en esta vida era sarasa y no sé cuántas paparruchadas más que florecían exactamente en el opuesto punto cardinal de mi existencia.</p>
<p>Así que, como aquel boxeador noqueado que trata de aferrarse a las cuerdas con su último vestigio de fuerza antes de caer inexorablemente a una lona que lo condenará para siempre a un destino de soledad y dolor, me alejé desfallecido de ese cuadrilátero del desencuentro, de esa hermana que me exigía hacer cosas que no quiero, de ese amigo que pretendía que me convirtiese en alguien que no soy, y de un ex novio que me aconsejaba cambiar la esencia de lo que me hace sobrevivir en este mundo. Me fui del lugar, volví a mi casa y, abrumado de tantos golpes por debajo del cinturón, me derrumbé sobre la cama deseando que aquella noche terminase, que aquel deseo de conquista se fugase de mi mente, que mi alma regresase a este cuerpo fuera de combate sumido en la más profunda de las depresiones.</p>
<p>Y al día siguiente me contaron que, cuando me fui, la mina preguntó por mí.</p>
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		<title>Estilos de seducción</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Dec 2012 11:31:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Una noche nublada nos juntamos a cenar con mis amigos. El cielo estaba amenazante mal, pero nosotros teníamos ganas de hacer algo y recibimos uno de esos llamados milagrosos de Jesús. Como les decía, mi amigo Jesús (un flaco que me salvó de una borrachera descomunal en una de esas fiestas inolvidables que se olvidan completamente) nos llamó por teléfono y nos dijo que estaba en la casa de unas pibas que también tenían ganas de hacer algo pero que no sabían qué. Al toque, metimos una previa rabiosa y salimos volando para allá en un taxi que fue esquivando charcos de una garúa que, en pocos minutos, se transformó en el diluvio universal. Llegamos a la casa empapados pero con buena energía (alegres) y, al instante, nos dimos cuenta que la noche iba a morir entre esas cuatro paredes. Con mis amigos nos miramos y comprendimos que esa lluvia interminable era una sentencia: la noche dependía de nosotros.</p>
<p><span id="more-65"></span></p>
<p>Mi amigo el gordo es un tipo encantador. Es alto, musculoso, fachero pero, sobre todo, tiene un ángel especial que lo transforma en el alma de todas las fiestas. Es carismático y entrador, siempre tiene una frase en el bolsillo para caerte bien y sacarte charla. Yo no. Yo soy de digestión lenta, más para un rumiante de cuatro estómagos. Parco, distante, algo tímido, cuando llego a una fiesta saludo de lejos porque sé que no me da el piné para caerte bien de entrada. Posta, no me da el cuero para que la gente me quiera tener cerca apenas me conoce. Pero lo bueno es que con el gordo armamos un equipo, un tándem aceitadísimo. El encara y yo le hago la segunda. Él es el tiburón y yo soy el pescado ese que va abajo comiendo todo lo que se le sale de la boca. Ojo, no soy carroñero, tengo mi paladar, pero también reconozco que empezar a quererme a mí lleva tiempo, casi una reencarnación.</p>
<p>Así fue como con el gordo empezamos a contar nuestra rutina de anécdotas. Bah, en realidad, él las cuenta y yo lo sigo. Porque ya me sé de memoria cómo arrancan, qué personajes intervienen, cuál es el remate, las conozco como si me hubiesen pasado a mí. Lo que yo hago es acompañarlo con preguntas cuyas respuestas ya sé pero que a él le sirven para recordar cómo sigue el relato: <em>“¿Y qué te dijo la gorda?”</em>, <em>“¿Y el novio te vió?”</em>, <em>“¿Y cuando llegaste a tu casa destroyed qué pasó?”</em>. Ese es mi laburo, lo acepto. Soy el segundo, el asistidor, el que le tira los centros y disfruta viéndolo hacer goles, esperando pescar algún rebote del arquero desprevenido.</p>
<p>Lo copado es que mientras el gordo contaba sus anécdotas nos dimos cuenta que las minas estallaban de la risa. Y ahí decidimos subir la apuesta y pasamos a la sección más hardcore, a nuestro anecdotario gore, que incluye detalles escabrosos, escatológicos, bien guarangos. Las minas lloraban y nosotros estábamos cebadísimos (pasados de alegres). Y así fue como la noche se extinguió en historias bien heavy metal hasta que el sol apareció, los pajaritos comenzaron a cantar y nos dimos cuenta que ya era hora de partir (no entregaban).</p>
<p>En el taxi, con el gordo nos reíamos de las cosas que habíamos sido capaces de contar. Pero mis otros dos amigos, que no habían participado de nuestro show más que con aplausos, arengas o tirando un Fernando al suelo, nos miraban con ojos críticos. Fue ahí cuando nos alertaron que se nos había ido la mano, que difícilmente una chica se viese seducida por un par de tipos que contaban las chanchadas que nos habíamos animado a relatar. Tuvimos una discusión innecesariamente acalorada dentro del taxi (no mezclo más) y cuando llegamos al barrio (luego de que el taxista nos haya paseado de lo lindo aprovechando nuestro fuerte y ebrio cruce de opiniones) me puse a reflexionar sobre lo sucedido.</p>
<p>Me quedé pensando en que, quizás, uno seduce de acuerdo al tipo de mujer que le gusta, que está buscando. O sea que a mí me interesa seducir a las minas que se sientan seducidas por mi estilo de seducción. Algunos intentamos hacerlas reír con chistes malos, porque nos gustan las chicas que se ríen de pavadas como nosotros. Y otros son más callados, porque le gustan las minas que se sienten atraídas por los tipos más misteriosos. Las dos son válidas, les dije a mis amigos y nos abrazamos los cuatro (basta de previas) jurándonos amor eterno y pidiéndonos perdón (uno lloró). Entonces, regresé a casa contento porque me di cuenta que siempre habrá hombres y mujeres para todos los gustos.</p>
<p>Igual, si esta anécdota te la cuenta el gordo, te morís.</p>
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