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	<title>#SoySolo &#187; soledad</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>La gota</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jun 2013 12:39:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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		<title>Solteros en crisis</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Apr 2013 13:15:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Llovía. Era un sábado a la noche de esos que sabés que no vas a salir. Cada uno de nosotros se había pedido el plato del delivery que más le gustaba. Por alguna razón, los seres humanos creemos que podemos superar la depresión con kilos de comida. Algo nos dice que mientras más comemos, más rápido se nos va. Entonces, el gordo, con unos palitos de queso en la boca, dijo: <em>“¿Cómo puede ser? Si parecía que esta vez iba todo bien”</em>, y yo, en ese instante, me di cuenta que estaba cayendo en los tres estadios de la superación del fin de una relación. Tres períodos que todos en algún momento pasamos y que son parte de las mecánicas defensivas que uno emplea para tratar de curar rápido la herida que dejó una partida.</p>
<p><span id="more-203"></span></p>
<p>El primero es cuestionar y tratar de racionalizar lo sucedido, como si el amor fuese algo que uno puede diseccionar como un sapo. Nos ponemos medio gomas, encarnamos una especie de Sherlock Holmes del amor y empezamos a analizar aquellos momentos en donde creemos haber visto pistas de una ruptura inminente. Imaginamos cosas, en realidad. <em>“Claro, por eso no vino a mi cumpleaños…”</em>. ¡Pero claro que no va a ir! ¿Cómo pretendés que la mina se enfrente a una semana de haberte visto por primera vez en su vida a toda tu gente? ¡Tu vieja ya la estaría enseñándole a hacer el pastel de papa como a vos te gusta! Además, tener que verles las caras a tus amigos que la miran de arriba abajo para saber si está tan buena como se las vendiste&#8230; ¡Una tortura!</p>
<p>Después el gordo le entró a una porción de milanga a la napolitana y casi con lágrimas en los ojos (y la boca llena de carne y papas fritas) dijo la terrible frase: <em>“Algo debo haber hecho mal”</em>. Y yo, al toque, pensé en que uno no puede mantener el personaje durante mucho tiempo. Porque, bueno, convengamos que, al principio, todos mentimos un poquito, y si no mentimos edulcoramos la realidad. ¿Pero durante cuánto tiempo puedo seguir haciéndome el cordobés? Cuando salgamos de la oscuridad del boliche y el sol asesino nos dé de lleno en la trucha, ¿podré seguir disimulando que no soy rubio, no mido uno ochenta ni tengo ojos celestes? No, la verdad no ofende, macho. Tarde o temprano terminás sincerándote con vos mismo y dejás a la vista de todos cada una de tus miserias.</p>
<p>Por último, el gordo abrió su cuarto kilo de tramontana, deglutió un buen cucharón sopero del helado y, levantando los hombros, dijo:<em> “Ma’ sí, igual no estaba tan buena”</em>. Se miente, se miente en la cara, se miente tragando una bocha de helado frío que él desea que le congele el corazón. Porque vos sabés que si en ese mismo momento, si en ese instante en que él acaba de pronunciar esa sentencia que descarta todo sesgo de interés por ella le llega un mísero mensaje de la mina, aunque sea uno absolutamente vacío, o con un emoticón trucho de un tipito a punto de vomitar, el interés le vuelve de manera instantánea, y todo aquello que él dice que no le gustaba de ella desaparece por completo.</p>
<p>Entonces, no soporté más verlo así. Me paré arriba de la mesa y, bajo la atónita mirada de su ser tratando de superar a brazada limpia un duelo más, que difícilmente sea el último que le toque vivir en su vida, le dije: <em>“Escuchame una cosa: si a la mina no le pasó “eso”, no le pasó. No busques más excusas, no te mientas y aceptá la realidad. No hay nada de malo en vos. De nada te sirve mendigar cariño. Si a la mina no le sale, no le sale y punto. Además, pensá en cuántas veces te pasó que una mina que no te cerraba te tiró onda y vos la rechazaste. ¡Es lo mismo! Así que dejate de mariconadas y bancátela, que si te hubiera dicho “Te amo” cuando vos se lo dijiste, hoy estarías con ella a pesar de todo lo que decís que no entendiste, no funcionó o no te gusta. ¿Está claro?”</em>. El gordo me miró, dejó el helado a un costado y, con un aire reflexivo que pocas veces le vi, me dijo:<em> “Bajate de la mesa porque te parto la cara de una trompada”.</em></p>
<p>Yo le hice caso, limpié la mugre que había dejado con un trapito húmedo y seguimos la noche jugando a la play sin volver a hablar sobre el tema.</p>
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		<title>Un cuarto kilo de tramontana</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 11:10:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Los sábados me cuestan. Es el día de la semana en que uno aprovecha para salir y, cuando estás soltero, muchas veces pasa que tus amigos tienen algún casamiento, cumpleaños, asado con compañeros del trabajo y es ahí cuando te das cuenta que estás realmente solo. Muchos sábados a la noche me quedo encerrado en mi casa pensando que son mucho más dolorosos que los domingos, porque si un sábado a las nueve de la noche no te estás preparando para salir, quiere decir que, probablemente, aquel día sólo te acompañará tu soledad, pero los domingos… los domingos están naturalmente destinados a la depresión (si hasta a Dios le pintó el bajón). Sin embargo, como la necesidad tiene cara de hereje y perfume de mujer, desarrollé una estrategia para estos días en los que intento apagar desesperadamente las brasas que hacen arder mi corazón. Un procedimiento tan sutil que ni al mismísimo Napoleón Bonaparte se le hubiese ocurrido imaginar: me compro un cuarto kilo de helado de tramontana y me miro una peli tirado como un cerdo en la cama.</p>
<p><span id="more-110"></span></p>
<p>Los sábados son días en los que se viven muchas cosas únicas acompañado. Sinceramente, confieso que tuve la fortuna de haber vivido fines de semana inolvidables, con compañías encantadoras que me hacieron muy feliz y hasta con las que me entregaba a ciertos placeres mundanos. Pero cuando uno se tira como un chancho depresivo con una cuchara y un tarro de telgopor relleno de crema con galletitas de chocolate y dulce de leche repostero a ver un estreno de cine en su casa (de esos en los que ves la silueta de un tipo que se levanta para ir al baño en el clímax de la película) a veces termina viéndose envuelto en situaciones bastante curiosas y tristes.</p>
<p>Es difícil conquistar a una mujer muy deseada, como una estrella de cine, por ejemplo. Yo, por mi trabajo en la cocina de la televisión, tengo la oportunidad de cruzarme con muchas chicas de esas que arrancan suspiros al por mayor. Podría pecar de nabo diciendo que no todas son como se las ve en pantalla (algo de cierto hay en eso), pero es innegable que la caja boba las envuelve de cierto halo impenetrable que las hace mover con una seguridad que no todas las mujeres tienen. Por eso, el día que enamoré a esa bailarina de TV que todo el mundo amaba, me sentí tocar el cielo con las manos.</p>
<p>Me acuerdo que la vi por primera vez moviendo su hermoso cuerpo al lado de un conductor que lo único que tenía que hacer era sonreír a cámara y leer las cartulinas que le preparaba. El tipo no era siquiera capaz de cumplir esa simple tarea. Pero igual la culpa era mía: le sostenía los carteles torcidos porque me babeaba viéndola a ella contonear su candente figura. Su cuerpo estaba marcado y turgente por horas de ensayo, tenía una sonrisa de esas que te encandilan al verlas y una gracia al moverse que pocos artistas poseen. Yo sentía que era tan evidente su destino de estrellato que un simple productor, que es como la borra de la televisión, no tenía chances siquiera de mirarla sin sentirse a años luz de distancia. Pero como la porfía hace a nuestro oficio, fui dejándole leves señales para que ella notase que me interesaba.</p>
<p>Siempre era yo el que la llamaba para citarla al programa y en esas charlas le preguntaba cómo estaba, cómo se sentía, qué buscaba en un hombre (disimuladamente). Ella me cortaba y aparecía a la hora citada en el estudio con su bolsito en mano y sus polainas (uf… las polainas). La verdad que ni me registraba (pasamos una temporada sin que ella supiese siquiera cómo me llamaba), pero un día, aproveché una situación fortuita para jugarme mi única chance con ella. Resulta que agarré la rutina del programa y, aprovechando un ensayo de las bailarinas en el decorado y una tardanza del conductor, le pedí a la vestuarista y a la maquilladora que me preparasen como si fuera una estrella de Hollywood y salí a sonreír frente a las cámaras. Al principio las bailarinas me miraron raro (sobre todo ella que no sabía quién era ese flaco que estaba segura no haber visto nunca antes en su vida), pero después, tanto el equipo técnico como los productores y artistas que me rodeaban entendieron que le estaba por declarar mi amor y se coparon siguiéndome el juego.</p>
<p>Ahí miré el monitor y vi que estaba saliendo al aire para miles de espectadores. Escuché que los teléfonos comenzaron a sonar con televidentes que preguntaban quién era ese tipo que se animaba a hacer el ridículo por amor. Lo vi llegar al productor general junto al gerente de programación con ojos brillosos sin poder creer que uno de sus esclavos postmodernos estaba contaminando la pantalla de su canal. A mi ya nada me importaba, sólo hacerle saber a esa mujer, que rechazaba ofertas de amor a diestra y siniestra, que yo también me ponía en la cola para conquistarla para siempre. Y fue entonces, en medio de esa locura mediática, que me acerqué a ella y le pregunté: <em>“¿Querés ser la co-conductora de mi corazón?</em>”, y la bailarina, tras mirarme de arriba abajo, me contestó: <em>“Tenés tramontana en el pecho, pibe”</em>. Entonces, me corrí la camisa, y descubrí una galletita de chocolate derritiéndose sobre mi cuerpo, sentí mi sueño esfumarse, vi una película pirata terminarse. El sol asomaba por la ventana. Por suerte ya era domingo (o lo que es lo mismo, otro sábado a la noche en soledad superado).</p>
<p>Ya fue, la semana que viene me pido medio kilo.</p>
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		<title>Intensidades amorosas</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Dec 2012 13:30:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Confieso que tengo el <em>“te amo”</em> fácil y estoy seguro que una de las mayores cuentas pendientes que aún conservo en mi vida es la de no saber manejar muy bien las intensidades amorosas. Quiero decir que, en verdad, creo que todo se trata de saber sincronizar el amperaje del amor. Esto es tener claro cuándo se debe ser intenso con alguien demandante, o cuándo ser distante con alguien independiente. Bueno, la cosa es que yo siempre fui a contrapelo de las personalidades de las minas con las que estuve, lo cual me otorgó un título con las mujeres que todavía no sé si es virtuoso o si evoca un defecto a tratar con mi psicólogo: siempre soy el anteúltimo hombre de sus vidas.</p>
<p><span id="more-59"></span></p>
<p>Durante un tiempo salí con una chica con la que me divertía mucho. Naturalmente me enamoré de ella y quise dar un paso más, formalizar la relación, ponerle títulos, tener bien claro qué éramos. Pero ella me dijo que sentía que no era su momento para comenzar algo porque tenía ganas de viajar y probar otras cosas, y le parecía poco útil <em>“atarse”</em> a otra persona. Yo bajé la cabeza y acepté a regañadientes, triste obvio, pero por un lado contento por una frase que me dijo y que nunca me voy a olvidar: <em>“Si tuviésemos treinta años, todo hubiera sido diferente”</em>. De algún modo, esa sentencia cerraba su argumento. O sea que no era <em>“el”</em> momento, <em>“nuestro”</em> momento. Nos faltaba adquirir ciertas experiencias, crecer un poco más. La cosa es que lentamente nos dejamos de ver, ella viajó y volvió a los pocos meses. ¿Y qué hizo? ¡Se puso en pareja con un tipo de treinta! Al ángulo, sin vaselina, hasta el tronquis. ¡Chapeau!</p>
<p>Después salí con una mina más grande que yo, y cuando uno sale con una mujer que tiene algunos años más cree ingenuamente que la tiene más clara. No, todo lo contrario. Alto mambo. Como a mí ya me estaban pasando cosas y ella me repetía a cada rato que <em>“le costaba engancharse”</em>, decidí darle su espacio. Me la aguantaba días enteros pensando si mandarle un mensaje, hablarle por MSN o <em>“megustearle”</em> cualquier gilada para que supiese que del otro lado de su monitor yo respiraba. Así fue como la relación comenzó a basarse en ausencias. O sea que me terminé enamorando mucho más de la mujer que nunca veía pero que yo imaginaba, que aquella que me recibía en su casa las noches en las que no había nada copado para ver en la tele. Bajé un par de decibeles y tampoco sirvió. La mala leche. Nuestra relación de tres meses terminó. Como ella me había adelantado desde el primer día, no se enganchó. Pero curiosamente sólo tardó dos meses en ponerse de novia con un flaco después de años de soledad. Aco, aco, a comerla…</p>
<p>Y también me pasó que conocí a una chica que todos los días se preocupaba por contactarse conmigo. Me hablaba aunque estuviera desconectado, me llamaba por teléfono para que le cuente las pocas novedades de mi miserable vida y siempre tiraba ese <em>“Jajaja”</em> que no es otra cosa que la forma en la que uno dice presente en las redes sociales: <em>“Los mosquitos de ahora parecen aviones”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Los chinos me vendieron paleta por jamón”</em>, <em>“Jajaja”</em>, <em>“Hoy tengo ganas de morir”</em>, <em>“Jajaja</em>”. La cosa es que, curado de espanto, directamente preferí jugarla de recio, no darle bola y hacer cosas por mí (me compré una Play 2 chipeada y con bocha de juegos). Pero como la piba me buscaba tanto accedí. Salimos, tuvimos algo y yo dije <em>“¡Por fin! ¡Alguien que va a 220… como la Play!”</em>. Pero al poco tiempo dejó de contactarse conmigo con tanta insistencia. Para ese entonces, obviamente, a mí ya me había comenzado ese run run estomacal del amor, así que pensé que era mi momento de mostrarme interesado. A los pocos días le dije que la pasaba muy bien con ella, que me gustaría seguir conociéndola. Fue la primera vez que tardó en contestar. Claro, esa noche estaba recomponiéndose con su ex novio.</p>
<p>Me parece que la cosa es que uno no puede disimular durante mucho tiempo quién es en verdad y qué le produce el otro. A mí me sale ser intenso con la gente que me genera eso y respetuoso con los que no me conmueven, todo esto oculto bajo una hermosa careta de simpatía y una armadura de insoportable caballerosidad. Es medio heavy, pero bueno, uno vive en sociedad y hay que hacer sacrificios. Por eso ahora, antes que nada, yo aviso.</p>
<p>Si me querés, quereme como soy…</p>
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